Los hijos de Sabaneta: cuando el llano se hizo pinta

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Es domingo al mediodía y en las calles de Sabaneta, en el llano venezolano, hay poco movimiento: una iguana trepando a un árbol, cuatro perros buscando sombra, algunas motos y carros que pasan y se alejan. Hace calor, como cada día, pero a esa hora y con ese silencio la sensación es más fuerte.

En las calles no se ven personas, salvo un grupo de treinta jóvenes que viene caminando desde la entrada del pueblo. El mayor no tiene más de 26 años, el más joven 18. Mientras avanzan, observan los murales, que son muchos y representan momentos de la historia reciente. Se detienen ante uno: tiene un fondo tricolor y el rostro mirando de frente, con la boina roja. Se sacan una foto grupal: vienen de compartir cuatro días juntos en la ciudad de Barinas, a pocos kilómetros de ahí. Éste es el último, en ese lugar que para ellos es mucho, cada vez más.

En el recorrido van descubriendo los diferentes espacios en los que transcurrió su infancia: donde jugaba pelota de goma, la reciente plaza inaugurada con su nombre, la escuela construida sobre el terreno donde estuvo su casa natal, la otra donde se crío durante seis años, la escuela en la cual estudió. Todos conocen las historias: las arañas de dulce de lechosa, la abuela, el río, las han escuchado, leído y repetido.

Entre ellos está Miranda, de Barquisimeto, que con seis años de edad viajaba hasta Sabaneta a ver a su familia. “Cuando veníamos a visitar a nuestra familia siempre llegábamos en las tardes, y recuerdo que eran las calles sin asfalto, donde corrían las aguas sucias, y era una miseria enorme, una miseria triste”. Ahora camina con los demás y se detiene a ver las calles asfaltadas, empedradas, las casas pintadas, esa historia que parece haber vuelto a empezar.

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El gremio
Son las 10 de la noche del día anterior. Yaneth está terminando de pintar sobre una pared una calavera con un sombrero ancho, llanero, de líneas interiores fosforescentes, con un ojo que lleva decenas de pétalos, y el cabello como hilos de colores movidos por un viento que no existe. Se trata del Silbón, de la interpretación que tiene Yaneth del personaje que, dicen, habita los llanos de Venezuela y golpea a quienes se atrasan solos en los caminos cuando ya es tarde.

Todas las paredes de la habitación donde está pintando también están siendo intervenidas. Y las del cuarto que le sigue también. Así en casi todo El Bejuco, que es el nombre que lleva esta casa que fue recuperada tres años atrás por el colectivo Cultura Seria Barinas, situada frente a la plaza Ezequiel Zamora, hacia el centro de la ciudad.

Entrando a la casa desde la calle, el cuarto donde ahora está el Silbón -al que todavía le falta el saco con huesos- es el primero a la derecha y, como todos, no tiene techo. Las habitaciones, que se suceden en hilera, dan al patio central donde se desarrolla un concierto y un rapero repite un estribillo: “somos yanomami, somos Venezuela”. Más atrás se encuentra una rampa con forma de w sobre la cual se sestá llevando adelante una demostración de bicicleta.

El gremio, como le dicen, está reunido y le ha puesto como nombre a este encuentro El Llano en Pinta. “Somos los tatuados, los que patinan, los urbanos, raperos, rockeros, grafiteros, alternativos, los cara’e culpable, somos el gremio”, dice El Calvo, del colectivo Somos Otro Beta. En total han venido de 14 estados, y en esta última noche la mayoría todavía pinta, y lo hará hasta tarde. Al día siguiente es el regreso: algunos irán a conocer Sabaneta y otros finalizarán lo que le dejan al Bejuco y a Barinas.

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Punto y círculo
A las tres de la tarde de ese mismo sábado y frente a un mural de unos sesenta metros de largo está parada una mujer junto a sus dos hijas. Observa a los jóvenes, lo que están pintando. Se llama Johana Morelo y hace un rato que está recorriendo los diferentes murales. “Esto es bonito, calidad, ahora son paredes útiles. Quisiera tener la capacidad de dibujar así bonito, tener esa creatividad”, dice.

En total son nueve paredes que están siendo intervenidas en el barrio. La más lejana queda en una plaza que se encuentra a diez minutos a pie, frente a donde Hugo Chávez estudió el bachillerato, el colegio O’Leary -allí ingresó al dejar Sabaneta. El Bejuco oficia como sede del encuentro de grafiteros y muralistas pero las intervenciones abordan la zona que lo rodea, la comunidad organizada en su consejo comunal, con la cual los integrantes de Cultura Seria vienen trabajando de manera articulada.

“Tratamos de integrar a la gente de la comunidad para que vea cómo con técnicas sencillas y fáciles puede mantener un espacio bonito, acomodarlo, decorarlo. La idea es que ellos sientan cariño por el espacio que habitan para poder darle permanencia, porque no es un trabajo solamente del muralismo, es un trabajo en conjunto”, explica Víctor Rodríguez -a quien le dicen Forastero-, del colectivo STC, y está por terminar un mural que representa al comandante vestido de campesino, montado a caballo con una lanza en la mano.

A esa hora falta poco para que llegue el Ministro del Poder Popular para la Cultura, Reinaldo Iturriza, para visitar El Bejuco, conocer el espacio, su trabajo interno, y hacer un recorrido por los murales, por el círculo que parte desde la casa recuperada y deja indicios en las paredes, mensajes a través de imágenes, palabras, la voz de esos jóvenes que tienen algo por decir.

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Pensarse y organizarse
En la mañana, antes de retomar las paredes, hay mesas de debate -el día anterior, viernes, fue organizado de la misma manera. El Llano en Pinta ha sido pensado como un espacio de encuentro entre las diferentes experiencias y colectivos que hacen vida en el país, que se vienen cruzando y reconociendo.

En toda la historia de Venezuela, nunca en las artes plásticas se le había dado un apoyo así, el apoyo había estado muerto, antes el círculo de bellas artes se iba a Francia, los artistas tenían que salir del país”, explica Miranda. Y al igual que sabe eso, también, como la mayor parte de quienes están allí, está convencido de que es necesario dar un paso más, unificar esfuerzos, pensarse de conjunto, como movimiento.

“Es importante que más allá de un gremio nos sintamos parte de una revolución, y pensemos cómo le tributamos”, afirma Jesús García, del colectivo Antimantuan@s. Por eso reflexionan sobre el proceso bolivariano, cómo aportarle -”el poder de nosotros es la lírica”, dice por ejemplo El Calvo-, cómo profundizar su inserción dentro del proceso comunal en marcha, una experiencia que varios colectivos como Antimantuan@s, Al Momento y Movimiento Conuco, ya vienen ensayando.

Entonces desde allí piensan su intervención, su ligazón popular, su mensaje que, sostiene Miranda: “Es el arte para la transformación social, que se expresa en los contenidos, en los murales donde recuperemos nuestra historia, la verdadera historia, para fortalecer la revolución”.

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Hijos de Sabaneta
Miranda nació en 1996, dos años antes de que Chávez fuera elegido presidente de la República. Creció escuchándolo por radio, viéndolo en televisión y actos masivos. Ahora anda por las calles de un pueblo que, de haber sido otra la historia, seguiría teniendo la misma miseria triste. Eso mismo parecen pensar los treinta jóvenes que caminan en este mediodía de domingo siete de diciembre del 2014, un día antes de que se cumplan dos años desde la última vez que el país escuchó su voz.

Porque no solamente Sabaneta seguiría siendo igual a ese recuerdo que trae de Miranda. Tampoco ellos estarían donde están ahora, serían quienes son. “Nosotros en los 80 éramos la nada, y cuando Chávez dijo que todos aquellos que no estaban con él, con la patria, eran la nada, eran escuálidos, era que íbamos a seguir siendo escuálidos de mente, de consciencia, escuálidos de ser venezolanos. Cuando se dice que Chávez nos devolvió patria es que nos devolvió ganas de seguir siendo venezolanos, venezolanas, de querer este país y trabajar por él”.

Así dice Jesús, que se detiene y observa lo que ha imaginado muchas veces, ese pueblo, ese hombre siendo niño, trepando a un árbol, su abuela, como si en su historia estuviera también la suya y la de casi todos.

En un rato, junto a quienes están terminando de pintar en Barinas, regresarán a sus estados. Fueron más de cien en estos días, dejando sobre las paredes lo que piensan, sienten, quieren transmitir: su interpretación de la identidad venezolana, sus orígenes, tradiciones, así como todo lo que entra en su imaginación.

“Esa juventud que ahora tenemos, que quiere trabajar, echarle pichón a este país, que deja los ovarios y las bolas por que este país avance, es lo que dejó Chávez”, concluye Jesús. En el silencio en Sabaneta todavía parecen oírse los pasos de ese niño vendiendo arañas, cruzando el río, queriendo ser quien todos conocen hoy.

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Fotos: Gustavo Lagarde

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