A propósito de Días fundados, por Miguel Mazzeo

miguel

“Y le sonrío en la oscuridad a la vida, como si supiera algún secreto mágico que pudiera desmentir todo lo malo y lo triste, y lo convirtiera en mucha luz y felicidad”.
Rosa Luxemburgo

Dias fundados es el segundo poemario de Marco Teruggi. La evidencia acumulada; léase, el espesor de una producción que busca asociarse a la acción, los símbolos, alegorías y emblemas que se le van despeñando periódicamente, indican que la escritura será su destino inexorable y que, como decía Charles Baudelaire, sólo podrá cambiarlo por uno peor. Solo podrá cambiar el purgatorio –la casa por excelencia de los poetas– por el infierno (muy probablemente por el sexto infierno).

Días fundados es principalmente una invitación a adentrarse más y más en una senda que resulta, al mismo tiempo, apacible y rebelde. Una nueva convocatoria de Marco al maravilloso ejercicio de resignificación de todo lo que ve y todo lo que nombra con el objetivo de restaurar (o celebrar) la inocencia de los seres humanos. Otro breviario de logros poéticos persuasivos, sin artificios, sin adornos y sin obviedades. Otro compendio de una semiótica de la seducción no presuntuosa. En Días fundados hasta los zamarreos se confunden con las caricias. Y la felicidad es una promesa incitante. ¿Qué más se puede pedir?

En estos tiempos de ritos vanos y sacramentos engañosos, donde la soledad labra la indiferencia y la angustia, avisarle al mundo que uno ha vivido y vive días fundados, es decir: con fundamento, con sentido, con deseo, asumiendo la imposibilidad de abstenerse, puede parecer una actitud jactanciosa, casi un exhibicionismo indecente. No debería ser así, pero nos tocó, salvo cortos intervalos radiosos, un tiempo predominantemente frío y asesino de los mirajes seductores, un tiempo-tierra-de-nadie, con pasados que arrojan vestigios decodificados como insignificancias o malos entendidos y con futuros caídos en desgracia. Hablo, sobre todo, de mi generación, una generación floja de ensueños, disciplinada, sin énfasis, desabastecida e inhábil a la hora de hallar correspondencias.

Claro, desde la Venezuela bolivariana –un hegeliano mundo invertido, un escenario que es más trágico que dramático, un verdadero paraíso para los poetas, los creadores de mitos y los ideólogos revolucionarios– es mucho más fácil construir el sentido; existen más probabilidades que el deseo nos atraviese de cabo a rabo y nos provoque sed de amar y sed de crear. Esa sed, evidentemente, atraviesa la poesía de Marco.

¿Qué mejor emplazamiento para fundar los días que un sendero herético que apuntala la realidad y la ilusión de la comunidad, que devela los secretos para recomponer una unanimidad en un mundo que se fragmenta y se desquicia? ¿Qué mejor emplazamiento para fundar los días que esos nodos iluminados por el rayo dialéctico, nodos donde se articulan la experiencia y utopía?

Marco amasa sus Días fundados rodeado de hombres y mujeres valientes que se identifican con la vida y aceleran su flujo. Los verdaderos héroes y las verdaderas heroínas, según la definición de Henry Miller.

Marco talla sus Días fundados desde un contexto donde cada segundo es decisivo y no se puede caminar con languidez obtusa, donde cada acontecimiento puede devenir en referente vivificador. Su espíritu poético y sus recursos poéticos hacen el resto y por eso nos regala los colores exactos de muchas encrucijadas.

Pero no todo debe cargarse a la cuenta del manantial bolivariano. Sería injusto. Marco también es buen portador y traductor de un conjunto de herencias sagradas. Principalmente de las que corresponden a esta parte argentina de la Patria Grande. Él mismo es una expresión genuina del último –o, tal vez, el penúltimo– eslabón de todos los tiempos pretéritos cargados de la magia y la épica plebeya y de la embriaguez de la vida. Esa herencia es un hierro candente que le quema en las manos. Porque la búsqueda de un régimen de fidelidad a la misma no acepta la linealidad, es compleja, está a prueba todo el tiempo y, por ende, es angustiante. Marco no renuncia a esa búsqueda.

Entonces, ni jactancia ni exhibicionismo: una reparadora inyección de moral reconstituyente, unas palabras que quieren ser simiente. Con un leve susurro nos sugiere: compañeros y compañeras es mejor luchar que llorar, es mejor buscarse en los ojos fraternales de los otros y las otras, es la única forma de salvar las discontinuidades del proyecto emancipador. De nada sirve sobredimensionar –por contraste– la mezquindad de nuestro ambiente, sus transitorios desenfoques y desencuentros. Es mejor asumir el presente como interrogante y convencerse de que el futuro nos asedia. La mezquindad, el narcisismo y la derrota no son nuestro sino fatal.

Queda claro que los días fundados no remiten a ninguna seguridad u opulencia. Todo lo contrario. El ancla ontológica se entierra en la profunda fragilidad de los cuerpos y las revoluciones, en la materia de la praxis y los sueños de los y las de abajo, en la materia caótica de un amor que tiende a ser absoluto. Esa materia, precisamente, es la que Marco se encarga de poetizar. Allí radica uno de sus principales méritos.

Los días fundados son la antítesis exacta de la vida simulada, de la vida lisa y raquítica. Son días zigzagueantes, audaces, torpes, apresurados por realizarse. Son días divagantes, optimistas, inconformes, líricos. Son días desaforados donde la historia y el mito hablan un mismo lenguaje saturado de vida. Son días de prisa y praxis. Son días verdaderos.

El arduo trabajo de fundar los días, uno por uno ininterrumpidamente, es el método obstinado que Marco nos propone para conjurar la tristeza y la soledad, para hacer que lo milagroso se convierta en norma.

Lanús Oeste, 23 de diciembre de 2014

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