Yo también soy francés

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Nosotros hemos sembrado el viento, él es la tempestad
Jean Paul Sartre

Para defenderse de la violencia habrá violencia: lejos, claro, donde no se vea. Fueron ellos. ¿Pero ellos por qué? Por salvajes, bárbaros, incivilizados. Aquí la paz, la libertad, la fraternidad. Allá se consumen internamente, su religión es sinónimo de odio. Nosotros somos la República señores, el ejemplo de democracia, de frente limpia. Debemos defendernos. ¿Pero de quiénes? Los asesinos han nacido en nuestra tierra. ¿El enemigo está dentro entonces? ¿Cómo puede ser posible que no hayan comprendido los valores que les inculcamos si nuestras escuelas son laicas, públicas y gratuitas? Deben haber sido sus padres entonces. ¿Pero nos los habíamos colonizado para compartirles nuestra justa mirada del mundo y de los hombres? ¿Al venir a Francia se han olvidado de aquello? No, ellos eran dóciles, pedían permiso y decían perdón. Pero sus hijos no. Pero si no fueron sus padres ni nuestras escuelas, que les abrimos con tanta generosidad, quién creó el monstruo. Es esa religión enferma que ahora nos ataca, y que ellos han adoptado. Ingratos hijos de Francia. Hay que castigarlos. Cerca, para que se vea.

***
Yo nací en París, al igual que mis hermanos. Somos franceses en el sentido estricto de la palabra. Mis padres son argentinos, inmigrantes. Para ellos Francia fue aire, vida: era 1977. El país les mostró su mejor rostro. Un ejemplo: en 1986 me enfermé, grave: el sistema de salud francesa me atendió de forma gratuita cuantas veces fuera necesario. Hasta mis 19 años, cuando me fui a Argentina. Podría decir regresé, pero es bueno detenerse en ese punto: nacer de hijos extranjeros es nacer con doble idioma, doble música, dobles tradiciones, dobles paisajes, casas etc. Es hermoso y doloroso. O digamos mejor: puede ser hermoso, y es, seguro, doloroso.

Fuimos muchas veces a Argentina: a ver a la familia, pasar navidad. Semanas en medio de una vida. Existen diferencias culturales entre ambos países, pero no representan un conflicto. Las religiones son parecidas, el vínculo político no ha sido históricamente conflictivo. Integrarse no resulta a primera vista muy difícil, además no hay decenas de miles de argentinos concentrados en barrios periféricos, desocupados o con trabajos precarios.

Tal vez de haber estado en esa situación y practicando otra religión, discriminados por nuestro apellido, ropa y rostro, y haber emigrado mis padres debido a que el país de recepción había colonizado el de origen, la situación hubiera sido otra. Seguramente.

Pero nos fue bien: mis padres pudieron, partiendo de no tener nada, conseguir trabajos que querían, nosotros estudiar, tener amigos, irnos de vacaciones, visitar Argentina de vez en vez, hablar los dos idiomas con naturalidad. Pero nunca me sentí francés. O muy poco.

A mis 19 años decidí ir al país de origen a buscar, recuperar la historia. A armar, completar mi identidad. Pude hacerlo, tuve las oportunidades –como de estar sentado ahora escribiendo esto que pienso. Y me alejé de ese cielo gris de París, de ese mundo en claro oscurecimiento. ¿Fui la regla? No, la excepción. La regla son y han sido los millones viviendo en los suburbios, sin oportunidades para resolver la complejidad que conlleva la doble nacionalidad, sin posibilidad de regresar al país de origen –falta el idioma, sobre la pobreza económica-, con una identidad rota y sin respuestas.

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Yo no siento odio por Francia. Pero muchos sí. Dentro del país y fuera. El interno es visceral: no hay distinción entre Estado, Gobierno, políticas públicas, tradiciones. No, es Francia, es gran incomprensión excluyente. En lo externo es sencillo entenderlo: ¿qué puede pensar un habitante de uno de los tantos países que han sido colonizados, saqueados, torturados y dejados en situación de miseria por la República; o que sabe que pronto será bombardeado –de forma elegante y moderna- por aviones azules blancos y rojos?

No es que eso sea Francia. Es más que eso. Su historia es también la de la Comuna de París, la de Arthur Rimbaud, la resistencia contra la ocupación, René Char, Mayo del 68, Simone de Beauvoire, la de gente maravillosa que hoy vive en ella. Para muchos. Pero para otros millones no. Nada de eso es esa tierra. ¿De quién es la culpa?

Existe un entramado complejo, peligroso: por un lado la política exterior francesa, por otro los sucesivos Gobiernos, y por último la situación dentro de los sectores populares -las clases altas por su parte dictan, ganan, nunca padecen.

Sobre lo primero: la política exterior de Francia nunca ha cambiado en su esencia. Neocolonialismo: apropiación de riquezas ajenas ahora sin ocupación permanente, generación de violencia, pobreza, dependencia etc. Pero se ha complejizado en el escenario presente (históricamente parte de la política colonialista ha sido la de fomentar rivalidades y enfrentamientos al interno de las colonias, véase hoy Irak y Siria), y en este punto el resultado es dramático: se ha venido apoyando en el Medio Oriente sobre los sectores llamados fundamentalistas del mundo islámico.

Y acá cabe una aclaración: si, por lo que se puede ver, el islam está atravesando fuertes debates, si existen corrientes en tensión y disputa, la política de los Gobiernos franceses ha sido aliarse y fortalecer en el exterior aquella que parece estar enceguecida. Que luego no puede controlar, al igual que le ha sucedido al gobierno norteamericano.

El segundo y tercer punto van de la mano: si bien el colonialismo ha sido una política de Estado llevada adelante por todos los Gobiernos desde que comenzaron los diferentes imperialismos –tal vez haya una excepción, no la sé- la mirada colonialista, el lugar del otro no ha sido exclusividad de los Gobiernos y las clases dominantes. También ha sido y continúa siendo parte del pueblo.

Por eso escribe Jean Paul Sartre el prólogo del libro Los condenados de la tierra de Frantz Fanon: lo hace para que sea leído por pueblo francés, inclusive sus sectores de izquierda. “Nuestras bellas almas son racistas (…) nuestros caros valores pierden sus alas; si los contemplamos de cerca, no encontraremos uno solo que no esté manchado de sangre”, escribe.

Y esa mirada del otro era menos compleja mientras ese otro estaba fuera. Pero con las sucesivas olas masivas de inmigración el escenario se hizo más difícil. Y los millones que llegaron no entraron a formar parte de los sectores dominantes –dictan, ganan, no padecen. Vinieron pobres y llegaron a engordar los sectores populares, los más bajos: en algunos barrios se encuentran viviendo personas de decenas de nacionalidades, hasta más de cien, y ya hoy en las afueras de París existen zonas donde se ven pocas, muy pocas personas blancas.

Ahí se comenzó a evidenciar la complejidad de la situación –convivir entre tantos idiomas y religiones es ya de por sí una arquitectura delicada. Esos hijos, nacidos y criados en Francia también se sumaron en gran parte a los sectores más bajos de la escala social. Marginados geográficamente, identitariamente, nacidos de historias de violencia, masacres, ciudades quemadas. ¿Qué lugar les había sido reservado, qué respuestas?

Sobre eso los Gobiernos hicieron política. En el mal sentido de la palabra. También existieron medidas para paliar situaciones –cada vez menos-, revestir de infraestructura los barrios, mejorar los colegios, las canchas de deporte etc. Pero si bien el problema está en parte ligado a problemas económicos, el fuego parece provenir de algo más hondo: el desarraigo, la exclusión, la incomprensión, la discriminación permanente; un fuego que se revierte pero despolitizado. Un resultado no previsto del colonialismo, interno y externo.

***
Cuando vi la imagen de lo que sucedió en Charlie Hebdo quedé helado. Imagino que habrá sido la del mundo, la de cada persona ante su computadora o televisión. ¿Eso, en Francia? Condené el hecho, esas muertes. Sentí, y más al ver los noticieros los días siguientes con los secuestros, que estábamos como en la última escena de la película El club de la pelea, cuando el protagonista observa las explosiones de los edificios: son su obra pero no sabe cómo ha hecho ni cómo detenerlas.

Porque la obra es francesa. Por acción, omisión. Y como tal debe ser resuelta en Francia. La respuesta no vendrá del Gobierno –igual de colonialista que los anteriores, que ahora se unirá más con la liga imperialista-, ni de este Estado.

Pero es más que eso: es la necesidad de recomponer el tejido social, de armarlo contemplando su multiplicidad cultural, identitaria. De lo contrario la grieta se hará más ancha y más profunda. Crecerá la islamofobia, conveniente a las derechas y a la política exterior francesa. El peor resultado: el triunfo de la extrema derecha en el 2017: castiguemos a los hijos ingratos de Francia, recuperemos lo nuestro.

Pero también se irá haciendo más fuerte esa juventud marginada, sin perspectivas, sin política, deseosa de consumo, atravesada de rencor, de un odio que al no encontrar horizonte de transformación ya ha comenzado a traducirse en violencia hueca. La quema de autos en el 2005 es tal vez el ejemplo más representativo, pero también cierta discriminación contra los blancos, es decir “los franceses”.

Y ahí, en esos barrios donde antes había sindicatos fuertes, expresiones colectivas como el Partido Comunista, crecerá cada vez más, como la ha venido haciendo, otra respuesta: la religiosa, ajena a la política, y cuando no, como vimos el miércoles, con consecuencias terribles.

Se trata de recuperar la política entonces. Desde las bases, desde ese pueblo desencontrado. Volver a hacerla nacer, en las calles, las plazas, reconociéndose, tomando la palabra, dando forma a un nosotros cada día más inexistente. La política desde lo social, recomenzar desde las raíces. Hablarse, escucharse, hacerse preguntas y encontrar respuestas de conjunto, que significa marchar y decir libertad, pero que es mucho, mucho más que eso.

Con un gran objetivo: un proceso constituyente, una nueva Constitución para un nuevo Gobierno, que dé cuenta de esta nueva realidad francesa, redefina el lugar de las religiones, de los vínculos con los demás países -¿es posible un capitalismo europeo no colonialista?-, de la participación popular en la construcción de la democracia etc. Empezar de nuevo, mirándose en la dura realidad acumulada en los ojos.

***
Yo también soy francés. He tardado en reconocerlo plenamente: por la dificultad de llevar juntas las dos nacionalidades, de encontrar un lugar en una sociedad gris, desconfiada, de espaldas a sí misma, por estar en el lado del mundo que es agredido por los imperialismos, por llevar adelante mi vida en el continente donde se encuentran hoy las mayores respuestas a las crisis: América Latina.

Pero ser francés hoy es reconocer de qué lado está uno. Porque no nos llamemos a engaño: existen dos países y contra uno se debe pelear, con política, y el otro debe ser parido, con política. ¿Cuál es ese otro?: el que conocí en la casa de mis amigos hijos de inmigrantes, del cual formo parte. Y también en casa de aquellos que no y que han crecido en esa nueva sociedad practicando la igualdad, siendo genuinamente diversos. Porque entre tanta historia triste no debe perderse de vista la realidad de esa otra juventud mezclada, superpuesta, nacida del diálogo desde la infancia. En ella está el país que puede ser, que ya existe, pero carece de herramientas de ponerse de pie. A ella la resurrección de la política.

De lo contrario seguramente gane la dialéctica del castigo público proclamado por la extrema derecha, la política imperialista, la rabia sin luz de una juventud cada día más al borde, y una mayoría viendo a una sociedad partirse en un silencio ensordecedor y violento.

Foto: Jean Manuel Simoes

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2 comentarios en “Yo también soy francés

  1. muy lúcido, lo mejor que podría pasarle a esa juventud, igual que a una parte de la juventud marginal argentina y latinoamericana que hoy vive apática, a veces sumergida en las adicciones y la violencia, es politizarse, disputar poder, enfrentar a la derecha y a las grandes corporaciones, y ganar en la política, tanto en la barrial como en la formal, para parir un mundo mejor

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