Carta desde París

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París, 10 de enero de 2015

“Por los niños que cogió la muerte jugando, por los hombres que desfallecieron trabajando, por los pobres que fracasaron amando, pintaré con grito de metralla, con potencia de rayo y con furia de batalla” – Oswaldo Guayasamín (1919-1999).

Querido hermano Marco;

Me comentaste que desde las lejanas tierras del Sur es difícil entender la situación en Francia, el país de nuestra infancia.

Leí tu artículo y escuché tu entrevista. Concuerdo en la mayoría de tu análisis de la sociedad francesa o por lo menos de cómo vivimos en nuestros primeros veinte años. A veces me pregunto si es Francia que cambió, o el mundo o si soy yo…serán las tres cosas.

Primero, cabe recordar que Charlie Hebdo nunca fue, ni es un hebdomadario «racista o islamófobo» como pude leer en algunos comentarios, en mi opinión se obstinaron en un anticlericalismo setentoso distinto al de las problemáticas actuales.

El miércoles 7 de enero era una de esas mañanas que no sé si por la bruma olía extraño; al mediodía me llamó mi mamá aterrada y me contó lo ocurrido en los locales de Charlie Hebdo. Al principio no lo podía creer hasta llegar a casa, escuchar la radio y luego ver las imágenes. Vivo a diez minutos caminando del lugar y había pasado delante la noche anterior volviendo a mi casa.

Después pensé en el dolor de mis padres que conocieron la represión y las dictaduras en Argentina y vieron en Francia un país de libertad. De libertad, política, religiosa y de expresión. Me acordé también de cuando era chiquito y explotaron la AMIA mientras estábamos de viaje en la Argentina. Además, me vinieron a la mente los últimos acontecimientos que ocurrieron en Francia pero con menos impacto internacional y también nacional. Todavía tengo mezclado la tristeza, el miedo y el odio y es difícil explicar todo con el máximo de objetividad.

Difícil también explicar la situación en Francia y en Europa (dado que esto no es un hecho específicamente francés) sin pensar en su historia y sus contradicciones. El legado de la Francia de las Luces y el peso de la colonización, la France des résistants et celle des collabos;1 porque para mí Francia siempre tuvo esa ambigüedad. País de los ideales republicanos, de la Declaración de los Derechos Humanos y también del mercado de esclavos de Nantes y del campo de concentración de Drancy.
La historia de la inmigración en Francia es antigua y si me refiero al Siglo XX (cambalache…), Francia recibió a partir del inicio de siglo miles de inmigrantes y refugiados Italianos, Españoles, Yugoslavos y Polacos. A partir de los años 50-60, con el crecimiento económico de los 30 años gloriosos y la independencia de las ex colonias, Francia hizo venir de España, Portugal y sobretodo del Magreb, mano de obra barata y con poca instrucción para trabajar en las flamantes fabricas. Esos inmigrantes vivían muchas veces en situación precaria como el bidonville de Nanterre2 y luego los monoblocks terminaron de asentar la población extranjera en la periferia. A esa población se le sumaron también, los inmigrantes de la ex Indochina, los pied-noirs3 de Argelia y más tarde de África en los años 80 y finalmente de China en los 90.

A partir de los primeros choques petroleros, la resonancia de la sangrienta guerra de Argelia y el crecimiento del desempleo empezaron las primeras reacciones masivas como «la marche des Beurs»4. Francia contestó con represión pero también ofreciendo un modelo en donde cualquiera era supuestamente francés cual sea sus orígenes y parecía que éstos tampoco importaban. Nosotros, hijos de inmigrantes entre tantos, crecimos con ese modelo.

El vacío político en las periferias debido al neo-liberalismo y el final de la URSS se hizo cada vez más fuerte. Al mismo tiempo, fue entrando cada vez más droga, se consolidaron los guetos y multiplicaron las guerras entre bandas. Aumentó la pequeña y la gran delincuencia y dentro de ellos, muchos hijos de inmigrantes árabes y africanos. Las periferias de Francia se fueron pareciendo cada vez más a los guetos estadounidenses. Crisis de los 90, Francia ya había cambiado de color; crece el desempleo y a su vez la estigmatización de los inmigrantes que vienen a «robar el trabajo de los franceses», el asesinato de varios franceses de origen extranjero por militantes del Front National y otros movimientos skinheads…

Francia respondió y nuestra generación creció entonces con el lema «Touche pas à mon pote»5 de SOS Racisme y las marchas anti-racistas pero sin políticas de fondo y cada vez menos ideología entre la gente. Los problemas sociales y estructurales siguieron siendo los mismos; falta de trabajo y de perspectivas y la Haine6 siguió creciendo. La política internacional de Francia tampoco cambió entretanto, manteniendo su influencia en África y Medio-Oriente, apoyando a gobiernos corruptos que servían los intereses de las empresas francesas en el exterior (la eterna Françafrique).7

“Esta es la historia de un hombre que cae de un edificio de cincuenta pisos y que, mientras cae al vacío, se va diciendo: hasta ahora todo va bien… hasta ahora todo va bien… Pero lo importante no es la caída, sino el aterrizaje”. – El odio (1995), de Mathieu Kassovitz

Todo esto me parece que lo sabes. ¿Entonces que cambió? Estuve trabajando los últimos años entre Gennevilliers, Argenteuil, Saint-Denis y Aude en hospitales de Aubervilliers, Bobigny, Sevran y Bondy.8 Hace unos meses, siendo el único «blanco» esperando el tren en la Gare de Saint-Denis, entre el humo de los choclos y de las brochettes misteriosas, reconocí en medio de los afiches sobre Gaza, la mano amarilla de «Touche pas à mon pote» que llevaba décadas pegada ahí y pensé «che pero mi pote vino con todos sus amigos a esta fiesta». Claro, hay que compartir los dulces de la piñata. Entonces como -todavía espero- no ser un viejo reaccionario me pregunté yo también qué cambió para que yo piense así.

El 11 de Septiembre 2001 y sus consecuencias políticas y sociales terminó de destruir lo que quedaba de unidad nacional en Francia si es que ésta existió algún día. El mundo visto por los Occidentales se dividió y Francia también. De un lado la France de gauche9 y su discurso politiquement correct10 que victimiza e infantiliza las masas, del otro, la Francia de derrière les stores,11 la que denunciaba a los Judíos durante la Segunda Guerra Mundial, que apoyó la guerra de Argelia y sus exacciones, que evade impuestos y que se queja de que los pobres e inmigrantes cobren subsidios. De forma esquemática se puede decir que los hijos de inmigrantes árabes y africanos eran vistos a la vez como víctimas del sistema por la izquierda y victimarios del terrorismo internacional por la derecha y como suele pasar en la Historia, la víctima se convierte en victimario.

Con la ayuda de los medios de comunicación se incrementaron las tensiones entre religiones, creando en mucha gente un comunitarismo que existía pero estaba oculto en la ideología de masa. División que llegó a su paroxismo durante la última guerra en la franja de Gaza con enfrentamientos entre bandas de jóvenes judíos y musulmanes. El vacío ideológico, político y social dejó mucho espacio a la religión y no solo en estos barrios donde más de tres cuarto de la población es de origen musulmán y por ende al Islamismo y sus formas más radicales.

El odio fue creciendo y al mismo tiempo las distintas políticas neoliberales reducían gastos en educación, salud, seguridad y justicia. La Haine, cada vez más fuerte. Hijos de inmigrantes desarraigados que muchos no encontraron su lugar entre dos mundos. Odiando a su propio país, Francia, a sus habitantes y a las otras «comunidades»12; los Judíos, los Chinos, hoy los Pakistaníes y mañana los Rumanos. La competencia entre los pobres de la sociedad de consumo y el celo del que logra algo.
Sin entrar en el sensacionalismo, te puedo contar de mi experiencia trabajando en la zona industrial semi-abandonada de Argenteuil, donde la desocupación entre los jóvenes alcanza el 50% desde hace veinte años. Pasaba delante de tres escuelas «salafistas» cuyos alumnos estudian en gimnasios o en garajes en obras, padres con barbas largas y madres a las cuales sólo se les veían los ojitos, sus hijas llevan velo con apenas cuatro añitos y mochilas con una Barbie en bikini (…). La falta de identidad llevó a muchos jóvenes a volcarse hacia la religión y a veces el integrismo. Ésta tomó el lugar que tenían los sindicatos y el Partido Comunista en estos barrios en el siglo pasado. El integrismo es condenable en cualquier religión, es cierto, pero en un país de supuesta tradición laica como Francia, es chocante y reivindicativo. En Gennevilliers, mis colegas me decían que no quieren salir solas a la calle y otras me decían usar el velo solo en la calle para no despertar insultos. Escuelas, donde los profes no pueden hablar de ciertos temas como las guerras coloniales o el Holocausto y donde hoy muchos chicos justifican los ataques a Charlie Hebdo. Saint-Denis, barrios enteros sumergidos en el tráfico de droga, donde la agresividad es casi permanente y donde los asentamientos infrahumanos de los Romas son a veces destruidos por sus propios vecinos de los monoblocks.

Si existe discriminación laboral, pero hoy en día, ésta es más debida a un problema social (falta de cualificación, lenguaje y vestimenta inadaptados etc.) que étnico-religioso y todas las grandes empresas adoran mostrar su diversidad para mejorar su imagen.

Siempre quise ver las relaciones sociales por el prisma económico y social y no étnico-religioso y siempre rechace todo análisis basado en la religión.

Volviendo a la actualidad, todos estos terroristas franceses pasaron por estos barrios y todos pasaron de la pequeña a la gran delincuencia y en la cárcel al islamismo radical. Todos crecieron en familias donde es común el odio de Francia, de los Judíos y de Occidente. Dentro de cada movimiento social, existe una historia personal y aun más en el ultra individualismo del siglo XXI. Desde, Mohamed Merah que asesinó a siete personas en Toulouse en el 2012, dentro de ellos soldados franceses de origen musulmán por ser «traidores del Islam» y a un padre y sus tres hijos menores de diez años a la salida de una escuela judía religiosa, que estimaba culpables de tener la misma religión que otro país del Medio Oriente. El año pasado, otro francés de Roubaix asesinó a cuatro personas en el Museo Judío de Bruselas con el mismo método y por el mismo motivo. Esta vez ocurrió lo mismo, diez periodistas fueron asesinados por haber caricaturado al profeta Mahoma, tres policías por representar al Estado y cuatro personas en un supermercado kosher por el solo hecho de ser judíos.

El otro día, hablando con un amigo del barrio, hijo de inmigrantes argelino e inglés que conozco desde hace más de veinte años, nos preguntábamos quiénes eran estos chicos. Tienen nuestra edad, nacimos en el mismo país y seguramente nos cruzamos en la escuela, en el barrio, en las canchas de futbol, en las excursiones… Hay miles así y seguirá habiendo si no se impulsa un cambio. Son parte de Francia como también lo son los franceses musulmanes que en su gran mayoría repudia estos ataques.
Entonces sí, Francia tiene parte de la responsabilidad en la transformación y abandono de estos barrios pero los últimos ataques responden a otra lógica. Una lógica globalizada, con instrumentos modernos y pensamientos arcaicos y que llama a una confrontación peligrosa como en la época de las Cruzadas. El error en mi opinión y que leí en varios medios sudamericanos es ver en este ataque una lucha anti-colonial. No lo es y tampoco es un ataque al neo-liberalismo. Es un ataque en contra de la sociedad europea-occidental y a su multiculturalismo, a la libertad de expresión y también a vos como periodista y escritor.

Estos eventos son suficientemente graves para que todos los franceses deban cuestionarse sobre el modelo que quieren seguir eligiendo. Francia y Europa deben volver a pensar su política exterior y aceptar su nueva identidad; pero en este mundo globalizado esto también se aplica a las autoridades religiosas musulmanas en Europa que tendrán que hacer su autocritica en vez de siempre contestar que: «los terroristas no son musulmanes», si lo son, como también son franceses o europeos algunos chicos que luchan para el Estado Islámico o Al Qaeda. En este mundo globalizado, una profunda reflexión es también necesaria en los países árabes que deben luchar contra sus propios enemigos internos: la miseria, la corrupción y falta de educación, propicios al desarrollo del integrismo y fanatismo.

El presente de Francia es duro, tiene su historia pero estos actos no tienen ni perdón ni olvido. Veremos cómo reacciona, esperando que sea otra cosa que tirándole a las Mezquitas y votando al Frente Nacional.

Un abrazo grande Marquito,

Paz y amor,

Rafael

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