“El trabajo más importante es el del intelectual colectivo”, entrevista con Isabel Rauber

isabel

Isabel Rauber participó entre el 10 y el 15 de diciembre pasado del encuentro de la Red de Intelectuales que se realizó en Caracas. Allí, en el marco de diferentes foros de debate y un encuentro con el presidente Nicolás Maduro, reflexionó acerca del rol del intelectual crítico, comprometido con su pueblo, orgánico, como lo definió el marxista italiano Antonio Gramsci.

El intelectual colectivo, la descolonización del saber, y la pedagogía del ejemplo son los tres puntos abordados, aspectos estratégicos en los tiempos urgentes que atraviesa el continente, y en particular Venezuela. Allí, más exactamente en Caracas, el pasado 29, 30 y 31 de enero se realizó el Foro Permanente de Pensamiento y Acción, un espacio para debatir, repensar y poner en práctica entre otras cosas, precisamente, el rol de los intelectuales.

1. Intelectual individual / intelectual colectivo
“El trabajo más importante es el trabajo del intelectual colectivo, y ¿quién es ese colectivo que acompaña el intelectual?, es el pueblo protagonista. Tenemos que disputarle la cabeza y el corazón a millones de millones de seres humanos que están bajo la hegemonía del capital, la hegemonía ideológica, cultural, incluso espiritual, de las fantasías y los sueños. Es una batalla en todos los órdenes, no es solamente un tema en el ámbito de lo consciente-racional, abarca todos los ámbitos de la vida de las personas. Y no puede limitarse a publicaciones, cursos o conferencias, ni al quehacer del intelectual de modo individual.

“Demos el debate dentro del núcleo de los intelectuales en primer lugar ‑porque todas las luchas empiezan primero por dentro‑, para transformar esa concepción liberal del intelectual que supone que lo más importante es lo que piensa él como individuo. Y hoy lo importante es que logremos que los pueblos sean verdaderamente conscientes de su realidad y la expresen, que se expresen como sujetos sociopolíticos. Porque los pueblos saben, crean, piensan, aunque tal vez no necesariamente expresen sus pensamientos y conocimientos según el rigor conceptual ‘establecido’. Fíjate tú que tarea tan importante para el intelectual orgánico, por ejemplo, aprender a la vez que devolver –enriquecida en nuevos conceptos-, la producción teórica que los pueblos crean y materializan en sus experiencias. Aprender de ellas, recuperar, sistematizar y reconceptualizar esa creación teórica que se encuentra en estado práctico es una tarea político-cultural central de los pueblos y sus intelectuales, que fortalecerá su conciencia, su autoestima, sus capacidades creativas y constructoras del nuevo mundo. El pensamiento crítico se actualiza y desarrolla –entonces- descubriendo, identificando, aprendiendo, desarrollando o fortaleciendo los caminos hacia el nuevo mundo, conceptualizando y también transformando conceptos y categorías, creando nuevos conceptos a partir de los aportes de las creaciones de las prácticas de los pueblos, origen –y finalidad‑ de todo pensamiento revolucionario.

“En tanto el nuevo mundo germina en procesos colectivos de creación-construcción desde abajo por los pueblos, es un proceso inédito, es decir, no se copia ni existe a priori en “algún lugar” del universo desde donde uno pudiera “bajarlo” y “aplicarlo”. Significa entonces que lo tenemos que crear, ¿y quiénes lo vamos a crear?, ¿un intelectual, cien intelectuales, doscientos intelectuales…? No. El nuevo mundo lo están creando los pueblos, pero hay que ser capaces de ver esa creación que germina en experiencias dispersas, hay que aprender de ellas y con ellas; rescatar, conceptualizar y articular la teoría que está inmersa en las prácticas, y renovar el pensamiento critico actual con los nuevos paradigmas propios de las tareas revolucionarias que exige la búsqueda de caminos concretos para superar el capitalismo mundial en la actualidad. Esta es una gran labor de los intelectuales. Y aunque tiene momentos de elaboración individual, es una labor colectiva, en tanto no puede lograrse sin la recuperación de las creaciones de los pueblos articuladas con el estudio sistemático comprometido y crítico de sus intelectuales ‑en este caso‑, orgánicos.

2. Descolonizar el saber desde abajo
“En el ámbito de la concepción del conocimiento esta propuesta constituye una revolución, una gran revolución pues supone una ruptura cultural, epistemológica. Porque es aprender a pensar juntos, desde abajo, a pensar con los pueblos, a hacer visible ese pensamiento, como ya lo planteó Pablo Freire. Pero hoy en día más aún, porque esta ruptura no se centra solamente en disputar el saber al poder, sino que –al hacerlo‑, disputa también toda la herencia colonial que el poder nos legó, incluyendo las herramientas epistemológicas y, con ello, la condición (liberal) del intelectual como individuo aislado, que convirtió el quehacer del intelectual en una suerte de ‘soberbia ilustrada’ que lo distanció del pueblo, a quien estigmatizó tras su supuesta condición de ‘inculto e ignorante’.

“Hay que romper con esos postulados; abrir los espacios del saber a los pueblos originarios, a los afrodescendientes, a las mujeres, a todos los excluidos/as de siempre. Todos/as tienen que poder expresarse con su propia voz y presencia, ser visibilizados/as y escuchados/as, y su pensamiento teórico, sus conocimientos, su sabiduría milenaria, tiene que ser visualizada, reconocida… Tenemos que aprender todos/as de todos/as; son muchas civilizaciones yuxtapuestas en realidades abigarradas que hoy emergen y que tenemos que aprender(nos) a articular(nos) y potenciar(nos).

“Debemos romper con la herencia cultural y epistemológica acerca de los saberes supuestamente “validos” que nos ha legado el poder; en ese sentido, desaprender es la palabra de orden. Y –simultáneamente‑ tenemos que construir otra cultura, nueva, descolonizada y plural, interculturalmente rearticulada a partir de la horizontalidad, sin jerarquizaciones de saberes, ni poderes, ni sujetos con sus culturas, cosmovisiones e identidades. Construir ‘un mundo donde quepan todos los mundos’, como decían los zapatistas. Está claro que no lo podemos hacer de golpe; no se trata de romper todo, de terminar con todo de una vez. Reclama el trabajo sistemático, colectivo, con particular labor del intelectual orgánico. ¿Orgánico de quién?, ¿de su grupo?, ¿de sí mismo? Es orgánico para la transformación del mundo y la construcción de una nueva civilización capaz de superar el dominio del capital. Y esta es una tarea de millones, una tarea de los intelectuales y los pueblos constituidos en sujeto popular.

“Como dice el Presidente Maduro, en una frase que sintetiza esto: ‘El pueblo Presidente’. Es el pueblo revolucionario protagonizando su revolución. Porque ‘presidente’ es quien define, orienta, marca el rumbo, y un ‘pueblo presidente’ es un pueblo constituido en sujeto de su historia, de su vida. En este sentido, para fortalecer esto, se lleva a cabo la batalla cultural articulada con la construcción del poder popular anclado en la participación comunal/comunitaria de los sujetos desde -y en- sus territorios, con su participación con el desarrollo de la economía popular, con la construcción colectiva de nuevo pensamiento crítico, con las labores de formación político-ideológica…

3. La pedagogía del ejemplo
“Quiero subrayar el valor pedagógico-político del ejemplo, es decir, que seamos capaces de mostrar, de patentizar, en nuestras acciones lo que decimos; se trata de ser coherentes. Nadie puede aspirar a que individualmente cada uno de nosotros/as seamos hoy la personificación pura de la nueva civilización, porque la nueva civilización es una obra colectiva permanente; la vamos a ir creando en siglos, no es una labor de dos días ni de un grupo de individuos aislados. Pero precisamente por ello resultan más importantes nuestras conductas en el presente, a cada paso… De ahí también –entre muchos factores‑, la importancia de las actuales revoluciones democrático-culturales que laten en el continente con la proa puesta en la construcción de caminos orientados hacia la nueva civilización. Sintetizan procesos de búsqueda, creación y transición hacia el nuevo mundo, en los cuales ocupa un lugar fundamental la recuperación-articulación-construcción de la consciencia colectiva de lo que vamos haciendo, de lo que vamos creando.

“En esta batalla cultural la pedagogía del ejemplo es fundamental. Porque a veces se piensa: ‘Es una lucha de ideas: voy a escribir un libro´. Pero la lucha de ideas es muy superior a eso, trasunta en todo lo que hacemos, en si somos solidarios, atentos… ¿Tenemos defectos? Miles. Somos personalidades en transición ‑como el mundo‑, con la valentía de asumir la determinación de no ‘entregarnos al capital’, que busca como seducirnos a cada paso y que también nos hostiga para obligarnos a luchar apenas por la sobrevivencia, para vivir sin levantar la cabeza, sin horizontes… Por ello es fundamental, vital construir un escudo espiritual, para no entregarnos. Y dedicarnos a la militancia para oxigenarnos y crecer pensando y avanzando paso a paso el nuevo mundo, en nuestro quehacer cotidiano.

“Todos los días el capital te tienta, te ataca, trata de conquistarte con el individualismo; que si compites y aplastas al otro te va a ir mejor, vas a ganar más dinero… Con la competencia, el individualismo y el consumismo busca someternos y transformarnos en objetos, para que vivamos para él, para chuparnos la sangre, el corazón, la vida.

“La tarea principal es trabajar con nuestros hermanos y hermanas para comprender todos y todas que no somos objetos, que somos sujetos de nuestra vida, de nuestra historia, y tenemos que valorarnos en ese sentido. La vida no se compra con dinero, no se compra con nada; es un don único e irrepetible. Defender la vida y construir un mundo, una civilización para la vida, resultan entonces pares de un mismo empeño histórico cultural revolucionario de los pueblos y sus intelectuales, en el tiempo actual.”

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