Proletarios Uníos: ocupar, resistir y producir

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Vicente Pacheco se reunió preocupado esa noche a conversar con su mujer y su hijo. Llevaba treinta y dos años en la fábrica y de eso vivían, mal, pero aguantaban. Les explicó la decisión de la empresa, las posibilidades y las dudas que él y casi todos los demás trabajadores tenían. Conversaron largo. Las palabras finales las lleva desde entonces cada día consigo: “Usted se queda ahí hasta el final, no se va a echar para atrás”.

Había ingresado en 1981 con veintinueve años, cuando en esa planta de Barquisimeto producían cerveza Zulia. Al tiempo la empresa cambió de dueños y Pacheco pasó a ser trabajador de Cervecera Nacional. Siempre con bajo sueldo y con un sindicato que no lo defendía.

En 1995 la multinacional brasilera Brahma compró la empresa. Nuevamente para Pacheco cambió el origen de las órdenes y quien se quedaba con los millones: la producción era de 36 mil cajas de latas y 18 mil de botellas diarias, siete días por semana. Él continuó igual, cargándolas, acomodándolas, envuelto en el ruido de tantas maquinas transportando, lavando, girando, llenando, cerrando, codificando, pasteurizando, y etiquetando.

Más de la mitad de su vida cada semana ahí. “Soy hombre que cuando toma una decisión no se echa para atrás, siempre estoy ahí, apegado a los principios, lo que yo creo”, dice en el silencio de ese sala de miles de metros cuadrados, que antes no paraba un minuto en las 24 horas que tiene el día. Ahora el polvo se acumula desde hace dos años sobre tanto metal pintado de pocos colores: amarillo, negro, blanco, grasa, chorreado, y botones de color rojo para encender y apagar.

A partir de la llegada de Brahma -que en el 2003 se convirtió en AmBev, una de las multinacionales más grandes del continente- comenzaron a funcionar con turnos de 12 horas de trabajo y 12 de descanso, y muchos, para resistir al sueño comían chimó, masticaban tabaco, tomaban coca-cola con café negro. El contrato colectivo era manejado por el sindicato en acuerdo con los gerentes. Pacheco y los demás trabajadores no tenían derecho a debatirlo, ni voz ni voto. “Uno solamente vendía día a día la fuerza de trabajo”, explica.

A pesar de la explotación que allí vivió le gustan esas máquinas imponentes, el poder que encierra esa fábrica que se extiende sobre 14 hectáreas, tiene 14 silos con capacidad de almacenamiento de 8 mil 190 toneladas, tanques de fermentación, cocción, mezclado, enfriado, filtrado, dos tanques de agua de 24 mil litros cada uno, talleres mecánicos, laboratorios, todo lo necesario para producir cerveza desde el principio hasta el final. Salvo las materias primas, importadas, como la cebada y el lúpulo.

Pacheco recuerda mientras camina por el eco. El 5 de marzo del 2013, a las 4h25 de la tarde, los gerentes aplaudieron, destaparon whisky, abrieron las ventanas de sus oficinas en los pisos superiores: “¿Y ahora que se murió su presidente qué van a hacer?”, le dijeron a los trabajadores. El 18 los reunieron a todos y anunciaron el cese de operaciones en la planta. “Por falta de viabilidad económica para mantener las operaciones en Venezuela”, explicaron, y no por quiebra. A los casi 600 contratados y más de 300 terciarizados les sería dada una indemnización, a ser retirada en los días siguientes.

Entonces Pacheco, que ya venía contando en su casa acerca de algunos movimientos de la empresa que le parecían raros, se reunió con su familia y tomar la decisión. Así también hicieron muchos de los trabajadores que sabían que se podía resistir, que era lo justo, porque la Ley Orgánica del Trabajo no permitía el cese de operaciones, porque no iban a agachar la cabeza y retirarse. Eran chavistas la mayoría, y estaban organizados.

Cómo sea
Las primeras reuniones eran a las tres de la mañana en los baños. Luego la gerencia quitó las puertas de los baños, y autorizó a ir diez minutos por turno de 12 horas, acompañado por un supervisor. Eran pocos trabajadores al principio, doce. Se sabía que existían confidentes pagados, el sindicato estaba aliado a la empresa, y varios trabajadores habían sido amenazados. Reunirse era arriesgarse.

Lo primero que hicieron fue estudiar las leyes y discutir acerca del contrato colectivo. Luego sacaron clandestinamente una cartilla para denunciar casos de corrupción, divulgar los derechos laborales, y avanzar en un objetivo central: “Organizar a la clase obrera, preparar las condiciones subjetivas, la conciencia de nuestra gente, porque las objetivas ya estaban”, explica Heiber Mogollón, referente de la fábrica, y miembro de la Federación Socialista Bolivariana de la Ciudad el Campo y la Pesca.

En el 2005, por equivocación, fueron descubiertos. Las acusaciones fueron inmediatas: traidores, desestabilizadores, guerrilleros, izquierdistas. Pero ya existían niveles sólidos de organización, de confianza entre los trabajadores.

“Algo que tenía que impactar era devolverles a nuestros trabajadores el contrato colectivo, porque la gente no lo conocía. Hicimos una asamblea, imprimimos un contrato y la gente vio los beneficios que eran mancillados por el patrón y el sindicato, ahí podía sacar su conclusión conscientemente, y vino el reclamo de 400 trabajadores molestos a un sindicato que tenía 20 años en el poder. Ahí volteamos la tortilla”, cuenta Mogollón. Y fueron a elecciones en el 2006: ganaron con 99,5% de los votos, y el contrato colectivo pasó a manos del nuevo sindicato.

Entonces la empresa intento comprarlos con camionetas, maletas con billetes de cien, una cuenta bancaria para depositarles dinero, hasta contratar un sicario para asesinarlos. Pero el dinero no sirvió, la inteligencia popular desarticuló el intento de asesinato, el sindicato se fortaleció, y el primer contrato colectivo, 2008-2011, fue logrado. Una de las primeras medidas fue terminar con el horario 12×12, para implementar turnos de 8 horas.

Mientras eso sucedía, AmBev ya venía desarrollando otros planes: en el 2010 efectivizó la venta del 85% del capital de la fábrica a la empresa de cerveza Regional, quedándose únicamente con el 15%. “Ellos crearon las condiciones para que la planta fuera cerrando poco a poco, tan es así que ellos argumentaron ante el Ministerio de Finanzas, que no tenían viabilidad económica para sustentar la empresa porque tenían pérdida, pero porque ellos mismos lo llevaron ahí”, analiza Ángel Vázquez, otro trabajador que no se movió nunca en los dos años de resistencia.

Entre todos estudiaron, intentaron comprender los movimientos, lo que Vázquez denomina “el metabolismo del capital para sobrevivir”. AmBev necesitaba cerrar la planta, vaciarla de trabajadores para terminar la operación de traspaso y afianzar la alianza con Regional, que a su vez producía cerveza Zulia en cuya patente está involucrada la multinacional de origen brasilera. “El capitalismo siguió ganando y los trabajadores nos quedamos sin trabajo”, asegura Vázquez.

Y ese 18 de marzo muchos de esos trabajadores regresaban de ver por última vez a Hugo Chávez en Caracas. Eran días muy difíciles. Mogollón había ido también. Pero esa tarde no era hora de lágrimas, debía hablarles a todos y convencerlos sin prometer aquello que no sabía. “Lo difícil fue mirarle la cara a nuestra gente en el discurso en la asamblea, y tener la convicción de lo que estaba diciendo y decir que vamos a resistir”, recuerda. Lo siguieron centenares.

“De una vez decretamos un estado de emergencia, en control y resguardo de nuestros intereses laborales y todo lo que esto representaba, y se organizaron cuadrillas de vigilancia, limpieza, organización”, cuenta el dirigente que junto a casi 300 trabajadores se quedaron por más de un año noche tras noche. Pero al tiempo la falta de ingreso comenzó a presionar, no tenían nada, y algunos comenzaron a irse a buscar trabajo, juntar algo para los hijos, la casa. Y quedó un grupo más pequeño y sólido. “Estamos convencidos de que alguien tiene que hacer esto, alguien tiene que cambiarlo, si nos vamos esto quedará nada más en el recuerdo por un tiempo y luego pasará al olvido, ganará el patrón y se fortalecerá el sistema capitalista”.

Unidad popular
A la Comuna José Pío Tamayo se acercaron primero por necesidad. Les habían recomendado, ante la espera de la expropiación, registrar en la fábrica una empresa de producción social a través de una figura jurídica comunal. Fueron, el parlamento abrió las puertas y algo más: planteó el desafío, la posibilidad de construir juntos. Acuñaron un término: el poder obrero-comunal.

Hasta ese momento algunos de los trabajadores sabían de las comunas por haber oído a Hugo Chávez, participando de un consejo comunal, pero la mayoría desconocía de qué se trataba. Menos imaginaban lo que podría nacer a partir del encuentro y la creación de la empresa de propiedad social directa Proletarios Unidos.  

Lo primero, ya articulados con la comuna y ante la necesidad apremiante de generar una fuente de ingreso, fue organizar un plan de contingencia: pusieron en funcionamiento un llenadero de agua para camiones cisternas, un lavadero de carros, y, con el apoyo de Veneagro -una fábrica bajo control obrero- pudieron poner a la venta pollos que les dejaban fiado. Con eso pudieron garantizar una remuneración de entre mil y mil quinientos bolívares semanales, para cada uno de los 60 que siguieron resistiendo. Sobrevivir, sí, pero con un proyecto claro. Y defenderse de los intentos de desalojo impulsados por un fiscal comprado por AmBev.

“Apostamos a un nuevo modelo de gestión, la participación y el control de un gobierno obrero-comunal. En una empresa privada la ganancia de nuestra fuerza de trabajo se llama plusvalía, pues en nuestro caso se llama retribución y contraloría social. El poder popular y la clase obrera organizada en toda la riqueza que esta gran planta pueda producir, para que todos los proyectos que nosotros podamos plantear sean para el fortalecimiento de escuelas, de los centros de salud, la educación de nuestros hijos, sin necesidad de pedirle al Estado, ni estar apegados a una empresa privada”, explica Mogollón.

Es lo que José Miguel Gómez, vocero de la comuna, denomina el doble proceso: generación de riqueza y liberación de territorio. Para articular ese movimiento fueron creando un nuevo modelo organizativo: él junto a otro comunero parlamentario comenzaron a participar de las asambleas fabriles y de Proletarios Unidos, y dos trabajadores/socioproductores se integraron al parlamento comunal.

Esta participación cruzada fue pensada como parte de un esquema de construcción enraizado en las asambleas de los consejos comunales, pilares del parlamento ahora abierto a los socioproductores, que escuchan, participan, y llevan los debates a la asamblea en la fábrica. “En base a eso que se dice en la comunidad se lanzan las líneas políticas productivas, que al final van a retribuirse en un fondo social que va a sintetizar lo que se dijo allí en una obra concreta”, explica Gómez.

En la nueva empresa, organizada alrededor de una asamblea central de participación abierta para la toma colectiva de decisiones, se propusieron romper con las lógicas de organización capitalistas verticales, de fragmentación de tareas y parcialización del conocimiento. “Ha habido un sistema de transferencia de conocimiento, aquí los obreros planifican, llevan los libros contables, porque tenemos que blindar el proceso con conocimiento, ciencia y tecnología”, cuenta Gómez. Democratizar salarios, tareas y saberes, en esa dirección piensan y han comenzado el andar.

El objetivo es poner en pie un control obrero pleno. Sin junta administradora del Estado como en otras experiencias. Directo de los trabajadores, como en las empresas de producción social directa de las comunas, pero esta vez en una experiencia de gran escala. Dar un paso en revertir el escenario actual que describe Gómez: “Todavía la mayoría de los medios de producción están en manos privadas, una minoría en manos del Estado, muy pocos en manos del pueblo organizado, y las relaciones sociales, que es lo más importante, aún son capitalistas”.

Ser autogestivos entonces, “que el pueblo domine la economía para que se libere y construya el socialismo”, como define Ángel Vázquez la apuesta de vida que ha emprendido.

Hasta el final
Pacheco descansa de caminar las hectáreas de la fábrica. Lo peor ya ha pasado, piensa. Falta que el presidente dicte la expropiación y que todo lo pensado sea puesto en marcha. Ya no van a producir cerveza, planean envasar agua potable, crear un jugo de moringa y stevia, encadenar producción con Lácteos Los Andes, almacenar producciones de las comunas agrícolas en los silos, poner a producir la empaquetadora de granos de la comuna. Muchas cosas quieren los trabajadores de Proletarios Unidos, y saben que tienen de su lado la razón histórica, de clase, chavista.

También descubrió el viejo trabajador que nadie es como le dicen que es, que debe ser. Que todos tienen adentro una potencia, una posibilidad de ser y hacer, esa que el presidente Chávez llamó a poner en acción. La misma que la empresa intentaba aplastar, silenciar, comprar. Y agradece a la comuna, a esos hombres y mujeres que vinieron a resistir los intentos de desalojo, de quienes aprendieron formas, palabras, y se encontraron en unidad de quienes empujan el mismo proyecto.

Él y sus compañeros no le tienen miedo a la burguesía, al capital, a las dificultades internas de la revolución. Saben que deben estudiar, formarse, organizarse, y hacer para resistir, ser y transformarse. Y cuando duda –seguramente lo haya hecho alguna vez- Pacheco recuerda las palabras de su familia: “Usted se queda ahí hasta el final, no se va a echar para atrás”. Siente que se parecen a las que Chávez le dejó a un pueblo, ese del cual forma parte, como trabajador, comunero que ahora también es, que sabe que hay un poder ahí, cerca, que ya tiene de a poco en las manos, esas mismas que durante años fueron para otro y ahora son colectivas.

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