¿Votar a Scioli? Mirar el país desde una Revolución

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Existe cierta tragedia en la encrucijada del 22 de noviembre. Me cuesta decirle épica. Eso lo dejo para lo que sucederá el 6 de diciembre en las elecciones legislativas en Venezuela: dos bloques históricos enfrentados, el chavismo contra el antichavismo, pobres contra ricos, explotados vs petroleros, burgueses, oligarcas, imperialistas. ¿Con contradicciones? Seguro. La lucha de clases se infiltra en las filas de la Revolución, los traidores no son patrimonio del enemigo, el chavismo está compuesto de varios proyectos de países por venir que se están disputando las riendas. Lo digo, a veces lo escribo, aunque siempre preguntándome para qué la crítica, o mejor dicho qué criticar (el Plan de Operaciones de Mariano Moreno ofrece algunas pistas al respecto: las especulaciones e intrigas, deben quedar en lo privado en una revolución).

El asunto es que ahí está la épica, es decir, el debate por una alternativa al capitalismo, el enfrentamiento de clases, el poder reapropiado por el pueblo -que no es lo mismo que el Estado, más allá de la necesidad de contar con él. La encrucijada Scioli o Macri no lo es. Y sí, es una encrucijada.

Al gobierno de Macri lo conocí en el Parque Indoamericano, en la toma de tierras que terminó en masacre. Ahí estaban sus sindicalistas/barrabravas/punteros armando un tejido de asesinatos, incendios de carpas, fusilamiento al pie de una ambulancia. Era él. Quien se encargó de atacar en sus declaraciones a los migrantes, desnudando en un disparo -que dejó varios muertos- su concepción nacional, inmobiliaria, cultural, clasista. En una de esas noches de furia se reunieron en una mesa altos funcionarios del Frente Para la Victoria, del Pro, y representantes de los movimientos populares que hacían parte de la toma. El kirchnerismo quería negociar: los primeros muertos habían sido por disparos de la Policía Federal. El macrismo no: insistía que mientras no se desalojara la toma los vecinos seguirían matando, un asunto de amor al parque, decían. Ninguno tenía intención de ceder los terrenos a los ocupantes, y las responsabilidades sobre las víctimas eran compartidas. Ahí comprendí una diferencia central entre ambos: uno había aprendido las lecciones del 2001, la necesidad de la negociación y descompresión. El otro no, inmutable en su choque frontal contra los sectores populares. Pasó en el 2010, casi en simultáneo con los asesinatos de Mariano Ferreyra y los compañeros de la comunidad Qom.

Como digo esto, también resulta honesto acercar otra conclusión: el macrismo -su concepción de país- no es más que la que quedó expuesta en esos días. No hay otra, y de existir es peor que todo lo hasta ahora conocido. No se puede decir lo mismo del kirchnerismo. Englobar al movimiento kirchnerista únicamente en Aníbal Fernández, Daniel Scioli, Florencio Randazzo, Pablo Bruera, Julio Alak, Gildo Insfrán, José Alperovich, para poner solo algunos nombres de conducciones actuales forjadas en el menemismo, es reducir y clausurar todo tipo de puentes. ¿Con quiénes? En primer lugar con todos aquellos que se identifican con las ideas/medidas progresistas del Gobierno, los núcleos culturales que son un avance -el ideario continental, los juicios a los genocidas, por ejemplo. En segundo lugar con la militancia enmarcada en organizaciones kirchneristas, o por fuera de ellas pero activamente partícipe del proyecto. El antikirchnerismo como política fue y seguirá siendo estéril, peligroso.

¿Qué debatir? El techo intrínseco del proyecto y sus variables centrales, que de tan grandes parecen quedar ocultas. Algunas: concebir la democracia únicamente en términos representativos/electorales, cerrando la posibilidad de una democracia participativa, es decir que fortalezca la organización popular, el poder en los territorios, lugares de trabajo, de estudio. No como algo secundario -la convocatoria a la movilización en determinadas fechas- sino como razón de ser, vehículo de la transformación. De la mano con la anterior: pensar en el Estado como lugar de llegada y fin, el espacio del bien, desde donde exclusivamente se aplican las medidas progresistas -o conservadoras. Existe en esa mirada la imposibilidad de pensar en romper del consenso progresista/post-dictadura: el de cuestionar la democracia y la economía capitalista. Ese techo es una victoria del proyecto de dominio impuesto con el genocidio.

Entonces el Gobierno otorga, amplía, proporciona, (reprime) etc.: el lugar del pueblo queda en el modelo, y así ha sido reforzado, en el lugar de la pasividad. Unificando ambas variables: gobiernan -salvo algunas excepciones- quienes estaban desde los años 90, siempre de arriba hacia abajo. La capacidad de gatopardismo, de cambio de ropa del Partido Justicialista, continúa siendo asombrosa, cuando no escalofriante. Han mudado -idas y vueltas- de Duhalde a Kirchner a Scioli a Massa a Cristina, ¿ahora a Vidal? -para ahorrar algunos nombres. El proyecto allí es mantenerse en el poder. Y el debate es, justamente, el poder. Por eso Maduro repite una y otra vez que la forma de medir los avances del proceso de transformación es preguntarse cuánto poder -político, económico- tiene el pueblo.

¿Podrán los compañeros dentro del kirchnerismo ser diques de contención institucional al retroceso planteado por Scioli? Hablar de avances populares resulta difícil: el candidato del Frente Para la Victoria no ocultó su gabinete -y se trata recién del comienzo-, y su parecido con una matriz de derecha noventista y renovada es nítido. Aunque el problema, ganando Scioli, será saber cuándo se frenará el retroceso y cuándo se estará siendo cómplice/artífice de un gobierno derechizándose. Una posible ruptura del peronismo parece traer viejos recuerdos, balances antiguos diferentes, negativos muchos, intuyo. ¿O es casual la reciente publicación del libro La Lealtad, y el castigo verbal a quienes, dentro de las filas kirchneristas, muestran disidencias públicos sobre estos asuntos?

Quiero que no gane Macri. Es decir, en esta encrucijada trágica, que se mantenga el kirchnerismo en el Gobierno, encabezado por un hombre que vivió combinando desde Menem la estrategia del hombre corcho y la lealtad justicialista. Por la negativa a un Gobierno amarillo -suficiente se ha dicho sobre lo que encarna- y porque, espero, un acumulado de contradicciones dentro del frente kirchnerista podría obligar a abrir debates ahora negados. ¿O es que realmente la apuesta a un “capitalismo serio” es todo lo que proyectan aquellos que se identifican con el legado del peronismo revolucionario? Lo digo sin excluirme de ese trazo histórico/popular ¿O existe un plan oculto de etapas en clave de Hernández Arregui? De John William Cooke estamos lejos, eso es seguro. De los sectores populares -trabajadores, villeros, campesinos etc.- como protagonistas de las transformaciones también.

Cerrando con lo más evidente: la frágil correlación de fuerzas en el continente se vería seriamente golpeada por la presidencia de Macri. No es que Scioli avanzará en un camino de profundización de la Unasur y la Celac (el Alba siempre ha estado, por razones de proyecto, fuera de debate) pero, intuyo, podría quedar neutralizado entre su deseo carnal con la embajada norteamericana y la correlación interna del kirchnerismo, por lo menos en un primer momento. Desde Venezuela la soledad se hace notar (en el caso del cierre de frontera con Colombia particularmente, llegando a ser condenada por referentes del kirchnerismo), el macrismo a la cabeza agudizaría la contraofensiva, en este tiempo donde la dinámica revolución/contrarevolución se acerca a límites de filos impredecibles.

Sí, existe una tragedia. Acusar por lo sucedido a la izquierda, los sectores no kirchneristas del campo popular, al director de la Biblioteca Nacional, a la clase media -que también es la casi exclusiva protagonista del kirchnerismo- es recortar cómodamente la mirada. ¿Qué pasa con el subsuelo de la patria? ¿Cuál es la cosecha del modelo de arriba para abajo con derechos humanos de ayer/soja y minería a cielo abierto, Auh/policías locales y gendarmes caranchos, matrimonio igualitario/consumismo rabioso? Y la gestión de Scioli en la provincia solo tuvo soja/policía/consumismo.

Algo sucede cada vez que observo lo que pasará el 6 de diciembre en las elecciones en Venezuela: si bien existen lógicos descontentos debido a la guerra económica y psicológica, quienes sienten el agotamiento no lo demostrarán votando a la derecha. El enemigo, el proyecto y el protagonismo popular son claros. Álvaro García Linera dijo: “Tarde o temprano tienes que derrotar a tu adversario”. A quién echarle la culpa cuando luego de 12 años los adversarios -que entonces nunca fueron tal- son puestos como primera conducción del proyecto kirchnerista. Finalmente nuestros adversarios -amigos entre sí- se enfrentarán el 22. Votemos para elegir en qué escenario continuar luchando. La épica está por venir.

(Finalmente la toma del parque Indoamericano fue desalojada –una combinación de operadores kirchneristas en el terreno y terror a lo que podría venir. Hoy el predio sigue vacío, la villa superpoblada, a dos de los militantes les fue armada una causa, la respuesta habitacional está ausente, las tomas continúan, en Buenos Aires, provincia, y demás zonas del país)

(Stencil de la urna: Sebastián Uribe)

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