Noviembre en París

Noviembre en París

No soy de aquí, basta con eso,
Aquí soy, con eso basta.
Ici la mort a frappé haut.

Viernes trece.
Es la mañana. Entro a escuchar al nieto ochenta y uno en la embajada argentina. Mas que el relato esperado se habla de crear en Francia una antena de la red europea por el derecho a la identidad. Ciento dieciocho viejos bebés secuestrados saben hoy quiénes son. Se llama Leonardo como mi hijo, tiene mas o menos la edad de mi sobrina Clara y también es de La Plata. Salgo andando, conmovida con su abrazo espontáneo, hacia los Campos Elíseos. Toda la vuelta alrededor del Arco de Triunfo y paso de largo la avenida. Le doy vueltas al asunto en un teatro mental: cómo será reencontrar a un nieto extraño, cómo integrar la nueva historia en una vida vieja. Cómo pude pasar por alto mi búsqueda, mi calle, mi ciudad nueva y mi ciudad vieja. El autobús me lleva, me dejo llevar.

Es la tarde. Entro en el metro con un capítulo de El Traumatismo que comentará el grupo de lectura, parálisis motora y freno del pensamiento causados por un choque inesperado. Salgo en la estación Hijas del Calvario, nombre escalofriante para un lugar de paso, paso por alto y retengo la frase antes de entrar en la consulta de Yvette, vestida de gris y rojo. Se habla del genocidio en Camboya, de guerras fraticidas, de identidades robadas y claramente de Clara. Comparto. Concebir perdón a nivel individual es plausible, en un traumatismo colectivo es impensable. De todo eso se habla el viernes trece en el distrito diez de París dos horas antes de la escalada terrorista a doscientos metros de ahí, cuando de vuelta en casa miraba las Bodas de Fígaro dirigidas por Gustavo Dudamel. Entonces salgo conmovida del encuentro y no vuelvo andando porque hace meses que tengo presente la amenaza. Mucha conmoción, respiro.

Es plena noche. Salto de la cama y a ciegas busco el teléfono que suena desde el fondo del sueño. Sé que es algo malo. Todos sabemos que es malo el teléfono a esa hora cuando vivimos lejos. Sí sí estoy bien, no no sabía.

Sábado catorce.
Es la madrugada. Me entero. Mensajes, llamados, tres horas de pantalla y dos horas más de letargo antes de despertar. Es peor volver a dormirse, volver a entender, volver a empezar el día.

Entro, salgo, doy vueltas en la casa, no paso por alto una información, cómo será salir, cómo hacer entrar la parte rota de la vida en la vida entera. Cuál de mis estudiantes estaba en la sala de concierto abarrotada, de mis amigos en la terraza ametrallada.
Salgo, entro. Escribo en el rectangulito de la pantalla.

Qué piensas: Todo está helado. Mercados y parques cerrados. Sirenas y calles vacías. Quiero mucho a esta ciudad. Hijos, trabajo, conocimiento y placer me unen a ella. Ahora está apagada. En alerta y vigilia. Y ustedes cerca con sus mensajes. El mío es Muera la Muerte.

En cada puerta del jardin del Luxemburgo, un policía joven con cara de yo no fui y una ametralladora que debe pesar mas que una traición. Adentro pero no hoy practicamos taichi, arte marcial, autodefensa sin ataque. Afuera hoy toque de queda, estado de emergencia, embestida. Todo cerrado, parque y fronteras, cautiverio y el suplicio del silencio sin cesar salvo si suenan sirenas sibilinas, sálvese quien pueda. Sin soledad, sopa solidaria en casa de Suzanne. Sé que no olvidaré su cena en este día solitario, suspendido y en suspenso.Vuelvo a escribir.

Qué piensas: Nuestra ciudad tiene ahora velas en las ventanas, flores donde hubo vida, jóvenes que relatan lo vivido, se abrazan en la calle y desobedecen al ejército que les pide volver a la calle. Hay rabia y dulzura. Políticos mansos o inoportunos. Hospitales llenos y un silencio suave. Mañana será otro día. Con mas guerra a pesar de todo. La empecinada guerra de los obtusos gobernantes. Ultimas gracias por estar ustedes amigos, todos conmigo.

Arde la velita en el balcón, veo otras en otros. Roto el silencio de muerte. Un golpe inesperado no preparado y aplastante actúa de alguna manera como una anestesia, escribe Ferenczi en El Traumatismo, mil novencientos veintisiete. Pronto cien años. Pronto ciento veintinueve muertos en el Bataclán y heridas de guerra en mas de trescientas personas. Números desalmados. Cirujanos concentrados. Ciudadanos desleídos, sin una lectura abierta del espanto porque sola, la emoción se vuelca en los lugares de los amores muertos.

Domingo 15.
Angustia difusa. Recuerdo encerrado de golpes anteriores que se alojan en algún lugar del cuerpo, nido del miedo. Este golpe levanta un obstáculo entre mí y el mundo exterior, es la llave de la puerta que separa mi universo interior del mundo exterior, la llave de la puerta entre los dos mundos irremediablemente oxidada. El pasaje de Mishima en el Pabellón de oro se acomoda a la sensación del segundo despertar después de. Hay que hablar, escribir y desprenderse del engrudo mental, salir, leer.

Salgo. Día claro, ánimo oscuro. El río amansa, muchos caminamos por la isla San Luis, nos sentamos en las terrazas con el temor arrinconado y el vino caliente que huele a canela. Ultimo sol cruzando el puente hacia la catedral tan blanca, tan estable. Parece lo único que no se mueve. El resto, todo, se ha movido de su sitio. Prohibidas las reuniones en lugares públicos pero hay cola en Notre Dame, una gran vigilia para salir del dolor mudo que tranca la angustia, dice Ferenczi en el Traumatismo. Hasta el gusano se cabrea, dice, hasta el ser mas débil opone una cierta resistencia, escribe. No entro a la iglesia ¿y si no salgo? No bajo al metro ¿y si no subo? Los medios lo dicen, los miedos lo escriben: fuera el miedo, hay que seguir. Tiempo al tiempo rezan los campanazos vespertinos, primero llorar, recordar, dar lugar también al miedo antes de sentirnos héroes. Katonadolog dice la expresión húngara, el heroismo del soldado del que el niño no es capaz. El solo heroismo sobre cenizas, escribir.

Qué piensas: Hoy salió el sol. Salieron fotos de la juventud quebrada, imágenes de la juventud de pie. Sonaron en todo París las campanas de Notre Dame al atardecer. Alguien sacó el piano a la calle y sonó Imagine. Mañana habrá mas fotos, mas nombres en las listas, mas promesas de seguridad. Mi pensamiento va a los padres de hijos perdidos, a los amigos sin amigos, a la confianza eclipsada, a todos, por todos.

Lunes 16.
Escribe Rotsinger el terror pasivo no enfrentado se hereda y se extiende por los corredores subterráneos de los cuerpos. Cuello y espalda duelen pero hay que volver al arte marcial, al trabajo. Minuto de silencio a las doce. Exámenes en la Sorbona a las dos. Hay que leer, decía mi padre. Ella no lee el diario, el texto de Alvarez Junco para comentar habla de la derecha xenófoba francesa, del eje chavista, ecuatoriano o boliviano y la futura abogada lo sitúa en la época franquista. Barrio latino, Instituto de Estudios Jurídicos, Universidad París II, año dos mil quince.

La llovizna da brillo al bulevar Saint Michel, el autobús para frente al Senado, la bandera se inclina, a media asta. Detrás del quiosco de prensa, la calle Tournon donde murió Gérard Philippe, a los treinta y seis, hace cuarenta y seis años. Una frase de la placa , aquí la muerte golpeó mucho segando la vida y Aragon que lo recuerda bajo un silencio plomizo, sueño de arena y sol, lejos de la bruma, prueba de la juventud del mundo.

La juventud del mundo. Sirenas, siempre sirenas, si no suenan las siento en las sienes. Llueve, la gente se mira, está blanda, agachada. A casa, ya no es mágico el mundo. Me incomoda dar clase mañana. Los estudiantes, los docentes, son el alma de esta ciudad dice la alcaldesa. Almas en pena. Cómo no darle vueltas, cómo pasar por alto, cómo estar a la altura. Te han dejado. Empezar o terminar con un poema, hablar de Eso solo si quieren, si pueden.

Se me ocurre Borges, la noche está clara, ya no compartirás la clara luna.

Ya no escribo qué pienso en la red, estoy atrapada en la mía, empuja el pensamiento.

En la pantalla Brandon, seis años, pregunta al padre si las velas y las flores protegen, si se van a mudar para que no les disparen, la marca afectiva del terror primero, infantil y arcaico, la angustia del primer encuentro del hombre con la muerte escribe Rotsinger.

Eso, les daré el poema Al que está solo y diré que hay que leer, saber por qué dicen sí o no a la guerra, no repetir lo que se oye, preguntar, discutir, la política dirige nuestras vidas. Y eso repetiré cuatro veces, en cuatro grupos tres o cuatro días después de.

Martes 17.
Ester, ausente por muerte de allegado en acontecimientos recientes. Carta del director del Instituto de Ciencias Políticas, cinco estudiantes heridos, cinco estudiantes y dos profesores muertos en la Sorbona. Muerto, Victor de la clase de Patricia y muerta la amiga de Agata. Evelyne, calle de Charonne, escapó entre las balas.

Carta del director de Bellas Artes. Clara vio morir a su compañero y el amigo superviviente de otro alumno se quitó la vida horas después del efímero reencuentro. La municipalidad -llamar al treinta y nueve setenta y cinco- ofrece escucha y apoyo. La ciudad tambalea pero no cae.

Cae Carine en el servicio de ayuda psicológica, ella tendría que haber estado en el Bataclán. Como si hubiera muerto un poco. Laurent tiene miedo y no le sale decirlo. Mathias lleva las uñas rojas en señal de sangre derramada, Léa comenta Confieso que he vivido de Neruda y deslizo otra vez el poema entre todas esas manos llenas de tinta, pintura, cal, carbonilla, yeso, hoy solo tienes la fiel memoria y los desiertos días.

Salgo. La fotografia de Alban, artista egresado en dos mil ocho, tapa varias ventanas que dan al patio central. Anuncia su desaparición.

Es muy pronto para la memoria. Es muy pronto para tomar el metro. En Saint Germain des Près solo falta encender las luces de navidad, son como copitas de champán enganchadas a los árboles que rodean el café Aux Deux Magots y el Bonaparte. Todo apagado.

Cómo entrar en la habitación de un hijo muerto, descolgar ropa, vaciar bolsillos, cómo.
Entro, dejo el peso en la entrada.

Miércoles 18.
Asalto en el barrio de Saint Denis, al norte de la ciudad, allí tomé un autobús durante diez años para enseñar. Barrio mixto, barrio popular. Terrorista acribillado, cerebro del atentado detrás del cual está el gran cerebro y que tiene ya un sustituto, dicen. Sirenas necesarias ensucian sentidos silencios. Rompieron la madrugada explosiones de la brigada y la mujer bomba. Cómo volver al arte marcial, a la ética de defensa, al rechazo del ataque. Francia está en guerra y nosotros haciendo taichi en el Luxemburgo, abierto. Francia está en guerra y los artistas siguen esculpiendo, no saben para qué. Hoy en las clases no se habla de eso a pedido de ellos, no estoy allí para contrariarlos. Su silencio sigue su suave senda hasta que estalle algo, como un poema, un símbolo, una rosa, te desgarra y te mata una guitarra.

No se mueven, es la hora, leen solos, se quedan y preguntan, pasada la hora, qué significa desgarrar. Lacerar, destrozar, contesto, el alma o el corazón dice María Moliner. Estoy muy contenta de haberlos visto, nos vemos la semana que viene.

Salgo, me acompañan Ludovic y Chalisée, les digo que el ataque de la madrugada me recuerda parte del pasado en mi primer país, un miedo viejo. El dice yo vivo en Saint Denis, oí todo, no hay que tener miedo, hay que olvidar. Es muy pronto para el olvido, cuéntelo, escríbalo. Ella dice igual que mi madre con Irán, esto le recuerda Irán.

Cómo no seguir mirando el telediario, detalles como esquirlas, repeticiones como martillazos pero eso es estar en el lugar de los hechos, en el lugar de los demás, menos de mas. Reportaje en un garage de los suburbios parisinos, dos amigos se van a luchar a los países de la guerra, mercenarios sin sueldo, para acabar con Ellos, los nazis de Alá. El bloguero musulmán llama a su comunidad a limpiar barrios de elementos peligrosos, hartos de ser vilipendiados por culpa de Ellos, los enemigos del Corán. Le Pen apenas pide la pena de muerte. Trump anima a armar a los civiles.

Insomnio, noche clara, se agrandan luna y recelos.

Jueves 19.
Entran a mi casa alumnos de la Sorbona, serán gendarmes, comisarios, directores de prisión, comisarios, abogados si ganan oposiciones y pierden inhibiciones para los exámenes orales. Difícil decir buenos días de rigor a la joven abogada libanesa después de los cuarenta y tres muertos en Burj el Barajneh, barrio de Beirut. Surgen solo cómplices silencios. Es muy pronto para la mañana, para el mañana, para el olvido, para la memoria. Todo está allí, descongelado, humeante, en las calles, en los pasillos del metro, en los subterráneos del cuerpo.

En el grupo de lectura se habla de la inteligencia inconsciente, de Marguerite Duras y de golpe brota la cólera incomprensible de Geneviève. Su sobrino Jean con el hijo Oscar de once años pudieron escapar del Bataclán, Oscar nunca había visto un muerto antes. Los heridos psiquícos de los que habla Le Monde de hoy.

Los rumanos roqueros amigos de Marina dejaron a un bebé huérfano en manos de su niñera, era la primera salida después de ser padres.

Libia, Egipto, Yemen, Arabia Saudí, Bangladesh, Turquía, Líbano, Francia. Hay que leer, hay que pensar, hay que hacer.

Viernes 20.
Hace un mes visité las playas del desembarco y en la normalidad normanda cinco vacas rubias se me acercaron balanceando flancos y ubres mientras practicaba taichi delante de la tranquera en una calle cerrada. En realidad esperaban comida.

Hace diez días un estallido en la estación Duroc me recordó la amenaza de atentados y salí del túnel con el paso apretado, en realidad un viajero había caído en las vías.

Hace unas horas que la lluvia anuncia la llegada del invierno mañana. Cinco gendarmes debajo de un cobertizo en el Luxemburgo protegen uniforme azul y chaleco antibalas.

Hace ella taichi, saca la espada que en China se usa como soporte para sostener enseñanzas morales y principios metafísicos. No la detienen ellos. Ni los jardineros que con horquillas, rastrillos y palas juntan las últimas hojas del otoño. El pasante rellena un crucigrama. Herramientas, espadas chinas, palabras cruzadas parecen armas mas sabias y silenciosas que las metálicas, estruendosas, rumbosas de los que vigilan en espacios público a urbanitas amedrentados.

En realidad, hay que hacer de la fatalidad un destino, afilar el verbo, tomar el toro por las astas, la falsa espada con el verdadero puño.

Se regresa como cada vez se regresa del parque, con pies mas en la tierra y cabeza mas en el cielo. Solas, siguen las sirenas sin sordina. Hay que escribir.

Hace una semana se leía a esta misma hora sobre la importancia del amor primario y del odio primario, en Hijas del Calvario, dos horas antes del terror. Frío febril. Va el pensamiento a todos, para todos, contra todas las guerras.

Va pensiero.

Texto: Laura de Acuña

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