Mucha cámara y poca gente

Escuálido 1

– Y no y no y no, nos da la gana, una educación igualita a la cubana. Consigna número uno.

– ¿Quiénes somos? ¡Estudiantes! ¿Qué queremos? ¡Libertad! Consigna número dos.

– Y va a caer, y va a caer, este gobierno va a caer. Consigna número tres.

Con esas tres canciones marcharon nuevamente estudiantes de la Universidad Central de Venezuela la semana pasada. La marcha, con mucha convocatoria a través de las redes sociales, volvió a confirmar una hipótesis: la oposición, bajo la forma que se presente, no logra reunir ni siquiera inicios de multitudes. Ni a través de su fachada estudiantil, ni en las convocatorias hechas por los dirigentes -Capriles Radonski, Lilian Tintori, María Corina Machado- ni en sus intentos de llegar al Consejo Nacional Electoral para seguir su plan de denuncia de una supuesta falta de democracia.

La movilización universitaria llegó en su apogeo a 700 personas. Una hora más tarde quedaban 200 personas. Su recorrido, que buscaba llegar al Ministerio de Educación, no fue autorizado -la última incursión, el 12 de febrero del 2014, terminó con tres muertos- por lo que se detuvo a una cuadra de la universidad. Ahí, ya con poco más de cien personas, dos opositores desilusionados se pusieron a conversar:

-No se está calentando la calle como se debe.

-La vía pacífica no sirve para un coño, hermano.

-Aquí pasan mil vainas y la gente no sale, no es como en Brasil contra Dilma.

Frente a la valla policial, los dirigentes anunciaron el éxito de la acción que debía continuar en días por venir. La reducida base social, indignada ante la renuncia a la confrontación con la policía, acusó de claudicación a los dirigentes. Jóvenes todos, entre 17 y 25 años, hijos de la burguesía, criados en el odio a Hugo Chávez, al chavismo, a los pobres.

La notera de TeleCinco, del Estado Español, frente al micrófono comenzó su relato: “Una vez más el régimen impidió…”.

Habló como si se encontraba entre masas. A su lado estaba la corresponsal de CNN y unas veinte cámaras. Todos publicaron, como luego de cada movilización de la oposición, planos cerrados, rostros, pancartas. Se sabe que esas tomas son para disimular la falta de concurrencia, un truco clásico de periodismo. Pero hacia afuera, en países donde solo llegan esas informaciones ¿no funciona acaso?

***

La derecha perdió capacidad de movilización. Tanto comparada con sus mejores días, en la época del Golpe de Estado del 2002, como respecto a su despliegue al inicio del ciclo de guarimbas iniciado el 12 de febrero del 2014, que dejó 43 muertos. No lograron recomponer fuerza callejera desde entonces: juntan escasas cuadras.

Sea porque su radicalidad -quema de autobuses, jardines de infantes, ataques a policías, decapitación de motorizados, francotiradores- hizo que su propia base social se alejara, o porque ningún dirigente de la oposición tiene una real legitimidad. La oposición ha sido desde el inicio un asunto esencialmente de ricos y clases medias, un sujeto más propenso a partir a Miami o armar un canal de Youtube, que a encabezar un ciclo de protestas.

Poca gente y mucha cámara entonces. De medios internacionales sobre todo, que necesitan convencer que Venezuela estaría frente a una crisis humanitaria. Esa es la clave que pidió el gobierno de los Estados Unidos desde el año pasado, la carta que le daría una coartada para una avanzada intervencionista. Con ese objetivo viajó Albert Rivera la semana pasada, e hizo recientemente sus declaraciones Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos.

La falta de masividad convierte a la derecha en más dependiente del imperialismo y, sobre todo, en más violenta. Remplaza masas por balas: este año recrudecieron los asesinatos a dirigentes chavistas -periodistas, alcaldes, militantes populares- miembros de las fuerzas de seguridad, y ataques con granada a comisarías. Solo el pasado sábado por ejemplo fueron asesinados cinco policías y el ex-comandante general de la Milicia Bolivariana, Mayor General Félix Vázquez. Siempre, según los medios de comunicación, para robarles el auto.

Es parte de su estrategia que busca sembrar el caos en todos los niveles de la vida: la comida, la seguridad, las instituciones, los remedios, la moneda, la población etc. El caos necesita miedo, y el miedo cámaras: que amplifiquen, mientan, desinformen.

Su objetivo es irrenunciable: terminar con el chavismo como sea. Para eso seguirá públicamente pidiendo una intervención extranjera, libertad de expresión, de derechos humanos, la realización antes de diciembre del referéndum revocatorio, y amnistía para los autores de la muerte de decenas de venezolanos -como el tan aclamado en el exterior Leopoldo López.

Por debajo de la mesa todo lo demás, es decir la guerra: financiamiento a paramilitares, saqueadores, desabastecimiento, aumentos de precios, inyección de veneno en el tejido social que, al no poder atraer, intentan destruir.

Su base social propia, 2.0, miamera, y burguesa, continuará seguramente sin tomar las calles, resguardada en sus casas del este de la ciudad con supermercados llenos, con el odio siempre más grande. La revolución venezolana fue desde el principio un asunto de clases, de su confrontación traducida políticamente en las palabras chavismo y escuálidos.

@Marco_Teruggi

Publicado en Notas.org.ar

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