Un poco más libres

Diana

Diciembre quedó sumergido en algún lugar debajo del pecho. No sabría decir dónde. Lo cierto es que luego de las 24 horas en que pareció que Clara Anahí regresaba a casa, el silencio ganó espacio. Durante las primeras semanas que siguieron contesté a todas las preguntas sobre mi prima. Acepté cada entrevista, mate, almuerzo. De a poco las conversaciones se terminaron, no había más que contar, y la realidad en la que vivimos no dejó de golpear. Otras urgencias, y sobre todo Venezuela. Entonces por dentro el silencio se hizo grande, tanto que ya no encontró palabra donde quedarse.

Olvido nunca.
Ni un solo día.

No volví a leer lo que escribí en esos días. Solo recuerdo la primera frase, que decía que había sido real, y la última: la encontraremos o nos encontrará. Como un llamado, desear que de tantas investigaciones, cartas, videos, poemas, crónicas, Clara venga. Que se acerque a la casa de 30 entre 55 y 56, a lo de Chicha Mariani, por correo, por alguna de todas las puertas que están abiertas. Que nos encuentre. Porque creo que es lo más probable. Sobre todo cuando veo la injusticia de la justicia -es tan poco lo que nos ha dado- la edad de las abuelas, el tiempo que se hace más pequeño, como un árbol que se queda sin hojas.

Chicha es la última abuela de los cuatro que le queda a Clara. No puedo imaginar que se nos vaya sin ese abrazo. Kewpie -su otra abuela, la mía, madre de Diana- partió en agosto del 2012. La enterramos el día 22, como si las fechas nos recordaran siempre de dónde venimos, el camino sobre el que estamos parados, que nos hace y deshace.

No escribí más desde diciembre. Contesto sí a los mensajes que me llegan por facebook, esos de alguna mujer desconocida que me dice dudar de su identidad, que piensa ser Clara Anahí, no sabe cómo hacer, envía fotos, partidas de nacimiento, miedos, necesidades.

Pasa periódicamente. Cada vez quedo estaqueado en mi silencio.

Como ante la aparición de un nieto. Así sucedió este miércoles, con José Luis, el nieto 120, que lleva siete años sabiendo su identidad, cuyos padres sobrevivieron al horror, y lucha por tener su verdadero nombre -siempre la injusta justicia. Algo así como el tiempo que entra huracanado a la casa y golpea las puertas, los cuadros, los manteles, levanta todo lo que tiene y deja palabras rotas en el piso. Esas que junto en este texto.

No dudo de que algún día Clara Anahí esté entre nosotros. Que será real, no por 24 horas sino por lo que nos quede por vivir, por armar. Comenzará lo nuevo, lo posible, lo que siempre debió haber sido. Tampoco dudo que para eso debemos empujar y no dejarnos ser ceniza. Eso quieren quienes dirigen la miseria de ayer y de hoy. Cada vez que un nieto recupera su identidad nos alejamos de la derrota a la que desearon someternos.

Somos un poco más libres.

A esta hora, en que estoy sentado en alguna parte de la noche de Venezuela, pienso que debajo del pecho siempre están las palabras. Que haber contestado que sí a escribir estas líneas estuvo bien. Por mí, por la búsqueda, por Clara, porque tengo la alegría de saber que la historia de mi prima es la de miles, que no estamos solos, que si la derrota alguna vez existió, no triunfó.

Marco Teruggi
Foto: Matías Adhemar

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