El desafío que nos toca

Unidad de los patriotas

Mes de agosto en Venezuela, todavía es invierno, llueve. Es de noche frente a mi pantalla en la ciudad de San Fernando de Apure, puerta del llano más profundo, lugar de inmensidad, silencios y frontera. La rutina de viajes y crónicas que llevo desde hace meses sigue: recorro, escucho, escribo. Conozco al país desde abajo, donde duele, resiste y se encuentran los hilos poderosos de la revolución venezolana. Sí, acá hay una revolución. Nunca está de más repetirlo, para quienes intentan despegarse pronosticando una caída -en el mejor de los casos la poetizan, como decía José Martí- o los que por una eterna reducción económica de las cosas nunca vieron el movimiento profundo de este pueblo.

Es invierno decía. Los paisajes en el llano están hechos de esteros que se tornan de plata al atardecer, palmeras silvestres, sinfines de pájaros -como la garza mora que cantó Simón Díaz- y en las radios suena el arpa, cuatro y maraca del joropo. Pronto llegará el verano, el fin de las lluvias, el comienzo de la lucha por el agua. En cuanto al calor, ese que desespera desde las nueve de la mañana, es la única certeza inamovible en estos tiempos.

Casi todo lo demás está tocado por la duda. Como nunca antes. Llevamos meses de caminar al borde de la cornisa, con esa permanente sensación de poder caer en cualquier momento. Con picos como los meses de mayo y junio donde la derecha disparó saqueos programados en distintos puntos del territorio. Más que saqueos, actos de violencia abierta con epicentro en los barrios populares. Ya no como con las guarimbas del año 2014 donde el foco estaba puesto en las zonas ricas de las principales ciudades. Esta vez vinieron hacia donde estamos.

No es la única violencia que vivimos. Semana tras semana son asesinados cuadros medios y bajos del chavismo: dirigentes de base, concejales, militares, milicianos, comuneros. Quemados, ahorcados, acribillados, granadeados, rematados, descuartizados, noticia breve, salvo cuando se trata de un dirigente conocido. Nos cuentagotean sistemáticamente desde hace varios años. Con la cobardía del anonimato siempre, el clásico de la crisis que mata.

Contra eso resistimos. Y contra el inmenso plan de guerra económica que logra inflar precios, desabastecer, desesperar y latigar a la mayoría humilde desde hace dos años. Al interior de una revolución se resiste/avanza/retrocede todo junto, en simultáneo. Estamos en este largo momento a la defensiva y con crisis de liderazgo. Los contragolpes son lentos, muchas veces torpes, desconectados, acatados en parte. El chavismo -ese inmenso movimiento de masas- se parece por momentos al gigante miope e invertebrado del cual hablaba John William Cooke. Y eso no es nada bueno.

¿Qué hacer en este contexto? Es la pregunta que tiene nuevas respuestas en permanencia. Cuanto más se conoce, se tiene información, más regresa el interrogante al que se agregan nuevos: ¿qué decir y para qué? Aclaremos: quedan descartados el infantilismo de la crítica permanente, y la obsecuencia mal llamada lealtad que solo sirve para anular debates. Estar parado en este punto de la historia demanda dimensionar la responsabilidad de las palabras y los actos. No hay revolución bolivariana cada año, mucha militancia del mundo mira para este lado buscando las posibles transformaciones por-venir, y el continente está aguantando rounds que lo tienen contra las cuerdas.

Al decir esto hablo públicamente y a mí mismo. No es un secreto que algunas veces critiqué con dureza. Otras muchas que me encontré ante dudas inmensas, como cuando recorrí la frontera con Colombia y mis intuiciones resultaron ciertas: el enemigo también está dentro. Pero cómo decirlo, analizarlo, enmarcarlo en la complejidad de una trama de guerra, que como toda guerra siempre tendrá héroes y traidores.

¿Quién tiene la respuesta? ¿Quién puede decir esto es así?
En esas soledades uno recurre a sus maestros, a diálogos imaginarios.

Sé que no se puede ganar diciendo que se va a perder. Tampoco escribiendo pasiones tristes en cada texto. Mucho menos teniendo como referencia la soberbia de cierta intelectualidad que opera como francotiradora oportunista y solo le rinde cuentas a su ego -y a su billetera. Uno de los esfuerzos mayores debe ser no perder nunca el tiempo popular, su lenguaje, temor, potencia. Eso para quien es de fuera -mi caso- resulta un desafío permanente. Mis miedos/fantasmas/deseos/umbrales no son los de ninguna mayoría. No soy un hombre que vivía en la opresión de una barriada en lo alto de un cerro y vio girar su vida en 16 años. Más que vio, protagonizó las vueltas. Y esa, junto con el campesinado y las mujeres, es la base de esta revolución. El chavismo no es una columna vertebral de clase media a la cual se anexaron algunos sectores populares: es exactamente lo contrario.

Por eso entre otras cosas recorro tanto. Para pensar la política desde ese lugar, reconocer la importancia del 2.0 pero más aún la de la creación y organización popular -que también puede disputar las redes y la comunicación. Y para narrarla, ese es mi oficio y mi obsesión. Resuelvo en gran parte ahí las dudas mayores, conjuro algunas traiciones que ya no disimulan. Cuando se ve la dimensión de la resistencia en comuneras de Petare -la villa más grande de este continente- o milicianos de frontera: ¿cómo pensar siquiera en bajar los brazos? Porque sí, muchos en esta crisis vuelven a sus casas, se van del país, se refugian en escepticismos e inmovilidad. Lo que hay que hacer es hacer -si es con estrategia mucho mejor. El que se detiene agrega peso a la caída.

Se trata de no dejarse arrastrar por la corriente que tira con una fuerza brutal -por el plan del enemigo y la complicidad de sectores burocrático/corruptos de la dirección. Y aceptar el desafío de la época que, como toda jugada transformadora, no tiene obligación histórica: podemos ganar o perder, y las estadísticas en esto suelen ser negativas. No hay promesa moral, ni certeza, hay una hipótesis central que dice que la vía comunal debe ser la principal, que es la única -en alianza con otros sectores populares- que puede propiciar un avanza en medio del creciente pantano donde los más humildes están perdiendo. Porque aún con las políticas sociales que mantiene el Gobierno, como Misiones Sociales, pensiones etc., la guerra pega centralmente aguas abajo y desprende pedazos de consenso, apoyo, ideología, dignidad. ¿El chavismo mantiene la hegemonía? Lo dudo. Es la primera fuerza política del país, no es más mayoría, y en el debate de ideas estamos en retroceso: por la distancia entre los hechos y las palabras, y la retórica gastada del Gobierno.

No existen manuales para estos tiempos. Hay una generación puesta ante el desafío que le tocó. Un argentino nacido en París sentado frente a una computadora en la ciudad de San Fernando de Apure, que cierra la pantalla para escuchar los grillos y ranas de lo inmenso, intuir todo lo que vive y no se ve. Que sabe que antes de él miles de hombres y mujeres escucharon esos mismos grillos y ranas pensando en cómo vencer. Que tras de él vendrán más. También serán algo pequeño con una responsabilidad enorme.

La historia no empezó ni terminará con nosotros.
¿Qué habremos hecho con nuestra parte?
No podemos ser indulgentes.

Marco Teruggi

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