Chavismo hasta el nocau

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Cada época crea sus revoluciones. La nuestra -nacida triste en los noventa- ha tenido como gran protagonista a Venezuela. Por acá pasaron centenares de militantes de América Latina y del mundo, internacionalistas sueltos, brigadas de solidaridad, hombres y mujeres con el deseo de aprender y aportar. Pasaron y siguen viniendo, en búsqueda de las claves de transformación más avanzadas de la época. Son menos que antes claro, la tierra de Simón Bolívar ya no arde como ardía, por lo menos a primera vista: no está Hugo Chávez, la estrategia en boca del líder, ese tiempo de victoria que entraba por los huesos al llegar a Venezuela.

La revolución sin embargo está y tiene el nombre de chavismo grabado en la frente. Sucede, es un aprendizaje para nuestra generación, que hay momentos en que las cosas no cargan la misma evidencia, la misma facilidad, hay reflujos al interior del avance. Muy complejo, no podría ser de otra manera. Pasa también que entre los vientos y debates se mezclan pasiones tristes y augurios de finales: los profesan quienes desean una caída para tener razón -pobre y cobarde razón. Parafraseando a John William Cooke: prefiero equivocarme con las masas que acertar con ellos.

Los huesos y las masas, desde ahí se deben mirar las cosas para comprender Venezuela. Como materia nodal dentro de cuadros internacionales, estadísticas económicas, pulso vital de la dirección, estrategias de la oposición, y demás nudos estructurantes. Sin pueblo no hay revolución, y este de acá -fundado con Chávez- resiste como pocos lo podrían hacer.

Se le va la vida señores y señoras.

Junto a él los análisis. Que en estos días se dispararon debido a un elemento que pareció más disruptivo de lo que en realidad fue: la movilización del 1 de septiembre. Es cierto, la derecha recuperó una capacidad de convocatoria perdida hace ya mucho, y las imágenes impactaron. Hicieron lo que no lograban desde hace mucho: sacar a la calle al odio histórico y al descontento, generar una expectativa por la cual movilizar. La composición de la avenida fue centralmente de clases medias altas y altas, con presencia secundaria de sectores populares. Esto último es importante anotarlo: son datos que fueron aportados por compañeros de algunas barriadas claves de Caracas -La Vega, El Guarataro, Catia. Despertó una alarma: no pasaba antes.

Lo sucedido no modifica centralmente el curso de la situación venezolana. Este miércoles 7 la derecha volvió a menguar en las calles: su problema es cómo administrar lo que logró reunir el viernes 1. ¿Qué hacer, qué pedir, cómo? Saben que las chances de lograr el referéndum revocatorio para este año ya pasaron. ¿Convocar a tumbar al Gobierno? Ya lo probaron en el 2014, no pudieron. Dejaron, eso sí, 43 víctimas. Y no comparten táctica: un sector -Leopoldo López, Julio Borges, María Corina Machado- quiere ruinas y balas ya, el otro -Ramos Allup, vieja derecha- sueña con quitarle poder al chavismo por partes hasta llegar a las elecciones presidenciales del 2019. Disputas inter-burguesas y de poder político, atadas a decisiones norteamericanas.

El problema del chavismo no es López, Machado o Allup -nunca tuvo la revolución un líder al cual medirse. El problema es que enfrenta un proceso contrarrevolucionario que se planteó utilizar todos los métodos posibles para sacar a la revolución del Gobierno y dejar tierra arrasada de la experiencia plebeya. Absolutamente todos los métodos, según cada coyuntura: asesinatos selectivos, presión geopolítica, asfixia económica, demonización comunicacional, intentos insurreccionales. No han logrado la intervención extranjera: la piden a gritos con su matriz de supuesta crisis humanitaria. De todos los golpes, el que más ha corroído al interior del movimiento ha sido la sequía de la vida diaria: la conformación de la sociedad de la escasez y la hiperinflación inducida. Se sabe, desmoralizar y quitarle la comida al enemigo es abc de la guerra.

Digo enemigo no por deseo ideológico: la derecha nunca se ha planteado como adversario, contrincante, como quiera llamarse. Empleó desde el inicio el asesinato del otro -nosotros.

El debate es sobre cómo sacarle al pueblo la cuerda del cuello. La hipótesis es la siguiente: de frenarse los aumentos, y regularizarse el abastecimiento alimentos/medicinas/productos de higiene, una gran parte de la crisis se evaporaría como niebla. El problema es que hace tres años que no se logra: el enemigo, además de golpear sobre el punto débil, tiene cómplices -políticos o económicos- al interior de las filas de la dirección que no permiten salir de las cuerdas y lanzar un cross que duela. La segunda hipótesis, es que la revolución tiene en su interior las fuerzas para derrotar el avance que la inunda. Porque el crimen -en historia y política- nunca es perfecto. Y si no lo es, se puede ganar. En particular conociendo a este pueblo.

Y quiero ganar. No me interesa tener razón en las críticas. Y sé que una pérdida de Gobierno aclararía las contradicciones -el pasado es nítido en ese punto. Porque existen contracciones, la primera y principal es que al interior del chavismo existen tendencias que custodian intereses de clase diferentes. No es del todo nuevo, quema en esta época. Es necesario contemplarlo a la hora de pensar qué hacer, por qué algunas medidas no llegan. Existen propuestas, como las planteadas por el movimiento popular con mayor desarrollo en el país -en particular comunal- la Corriente Revolucionaria Bolívar y Zamora:

1. Reestructurar la deuda externa para destinar los recursos a las urgencias populares.
2. Reformar radicalmente al sistema fiscal nacional, para que paguen los que más tienen.
3. Refundar Pdvsa.
4. Plantear una nueva política de subsidios: más eficaz y transparente.
5. Acelerar el motor de la economía comunal.
6. Reimpulsar la democracia revolucionaria, abriendo y ampliando el empoderamiento.

Seguramente existan más. La retoma de la iniciativa solo es posible mediante una combinación de economía productiva y poder popular: las respuestas no pueden concebir a los sectores populares como anexos, sujetos a ser protegidos. Parafraseando de nuevo a Cooke: es preferible que la dirección se equivoque con el pueblo antes que acierte con la burocracia. Y esta dirección parece incurrir en un error analizado por Álvaro García Linera: la reproducción del monopolio de la política contra el cual la gente se sublevó. Entonces más que preferible es vital, no el error sino la apuesta al pueblo como hacedor de las respuestas. Esto no niega la realpolitik, los pesos de poder imprescindibles para defender la puerta: la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y el Partido Socialista Unido de Venezuela. Pero si se quiere profundizar y no estancarse en un lento consumir de fuerzas, no hay otra posibilidad que con el despertar de todos los resortes de organización popular: comunas, milicias, empresas de propiedad social, colectivos, etc.

Llegados al final conviene recordar un asunto vital para quien lee/mira Venezuela desde fuera: es infinitamente más lo que se oculta que lo que se muestra. Porque por ejemplo el 1 de septiembre la movilización del chavismo fue grande, más que la de la derecha, y era la quinta en seis días. Y siguió movilizando días después para marcar la calle. Los medios de comunicación de la derecha internacional mienten, y la comunicación oficial arrastra cegueras alarmantes: la tarea de movimientos y comunicadores es entonces imprescindible. Si las informaciones no llegan debemos asumir nuestros errores. Todos deben saber que el chavismo está vivo, que los huesos y las masas -a pesar de tanto golpe- siguen en pie. Laten por dentro, buscan, se movilizan, critican, ensayan respuestas en un escenario confuso, duro, marcado por las variables propias del movimiento que dio vida a uno de los procesos más avanzados del continente. Que no se va a rendir porque es suyo y todavía baila.

Señores y señoras me juego una certeza: hay chavismo hasta el nocau.

Marco Teruggi
Foto: Vicent Chanza
Texto publicado en La Tecl@ Eñe

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