Venezuela en el espejo de Colombia

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A veces es bueno resaltar lo evidente: existen actores económicos y políticos que quieren la guerra. Quedó demostrado en la campaña del plebiscito en Colombia del pasado domingo. Eso que suele presentarse como anhelo universal es una mentira: a algunos no les conviene la paz. El conflicto armado puede ser un negocio, una forma de reproducir el orden de la injusticia.

El vocero principal de ese pensamiento, camuflado bajo la mentira de “otro tipo de paz”, resultó ser una vez más Álvaro Uribe, presidente de Colombia entre el 2002 y el 2010. No era de sorprenderse, fue quien desde el principio se opuso públicamente a las negociaciones entre el Gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo. Una postura nacida de su propia inmersión dentro de la guerra, de sus vínculos directos con el paramilitarismo han sido comprobados en reiteradas oportunidades.

Se trata de un personaje tristemente conocido en el continente y en particular en Venezuela. Todos en este país recuerdan su enfrentamiento directo al Gobierno de Hugo Chávez, o los más recientes episodios, como cuando a principios de este año pidió, ante micrófono, una intervención extranjera en Venezuela. Hay algo personal, intereses económicos y políticos, en querer mantener la guerra en Colombia y tratar de desatarla en Venezuela. Porque sí, desde hace tres años existen sectores que de manera clara quieren desatar una confrontación armada/civil en la República Bolivariana. Tienen a la cabeza al ex-presidente colombiano, alfil de las jugadas norteamericanas en América Latina.

Guerra como tal ya existe en Venezuela. Una nueva, que no tiene ejércitos regulares, partes diarios ni generales que asuman responsabilidades. Es, de hecho, exactamente lo contrario: invisible. Se esconde la comida, los medicamentos, y se mata a cuenta gotas, con las tácticas paramilitares importadas desde Colombia, promocionadas por Uribe como método para desgastar y desplazar a las fuerzas populares de sus territorios. Son células y bandas diseminadas en el país, listas para un siguiente paso que todavía no han logrado, pero han intentado en varias oportunidades: el choque callejero que desencadene un escenario de desborde violento. Muestra de eso fue el ciclo de guarimbas del año 2014 que dejó 43 muertos, entre los cuales dirigentes del chavismo, y el pasado 1 de septiembre donde se logró evitar que eso vuelva a suceder. Porque ese era su plan, aunque lo nieguen, así como Uribe niega no querer la paz. Mentir es una vieja tradición de esa política, no debe sorprender.

El objetivo sería desencadenar el último paso del caos, pedir la intervención extranjera, sacar al Gobierno y comenzar una política de tierra arrasada con el movimiento chavista. Eso quieren -así lo han dicho en oportunidades- María Corina Machado, Leopoldo López, Capriles Radonsky y el universo que compone el arco de la derecha. Difieren sobre los tiempos y se pelean el poder que no tienen, pero buscan ese desenlace. Y colombianizar Venezuela, imponerle su modelo: la cultura de la muerte, del paramilitarismo, la ausencia de justicia, el golpe sobre los más pobres, la muerte regada que permite que empresarios y multinacionales hagan negocios sin resistencias. Una democracia desdemocratizada, como quedó expuesto el domingo: 63% de los votantes se abstuvieron en una jornada de una trascendencia histórica.

Venezuela tiene en Colombia el espejo de lo que quieren imponer las clases dominantes, las formas del imperialismo actualizado que crea y mantiene guerras que garantizan la reproducción de sus intereses. Los pueblos del continente tienen en Venezuela un modelo posible de transformación: una democracia democratizada, pensada para ser protagonizada por los más humildes, con apuesta a la salud, la educación, las pensiones, las viviendas. Por eso el cerco mediático con el que han logrado uno de sus mejores aciertos: que el sentido común, ese hombre y mujer promedio del continente, vea en la experiencia venezolana un fracaso a evitar y no vea en el uribismo algo de qué preocuparse. Es más, que le tema al chavismo. Por eso en cada elección del continente -incluso en el Estado Español- la derecha acusa al adversario de chavista, como a Juan Manuel Santos, que, de Ministro de Defensa en el Gobierno de Uribe, pasó a ser señalado de “castrochavista”. Se trata de una gran batalla cultural entre dos modelos que tienen sus polos opuestos en Venezuela y Colombia.

Este debate sucede en una época donde la derecha recupera posiciones en el ajedrez continental -Argentina, Brasil y Colombia- y la soledad de la revolución pesa. Se lucha y hay victorias, como en la reciente cumbre de Movimientos de Países No Alineados. Pero el escenario viene marcado por vientos de reconquista, una nueva capacidad de la derecha para construir consenso. En ese contexto lograr que las calles de Venezuela no sean un campo de batalla y asegurar el curso pacífico de la vida es un logro que se reconstruye cada día, ante cada nueva convocatoria de la derecha a desconocer el Consejo Nacional Electoral y el Tribunal Supremo de Justicia -como pasará este próximo 12 de octubre.

Son tiempos de balancear lo alcanzado, las causas de las caídas, la renovación de quienes oprimen a los pueblos y logran conseguir su voto. Y también y sobre todo de defender a Venezuela. Y eso, sabemos, no es solo retórica.

Marco Teruggi.
Publicado en Notas.org.ar

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