El azúcar venezolano y una política estratégica en la frontera con Colombia

ureña

“Estas son las acciones que constituyen patria”, dice Iris Varela, ministra del Poder Popular para el Servicio Penitenciario. Se escucha el silbato que parece de un barco al zarpar e indica que el central azucarero ha reabierto sus puertas luego de dos años de paralización. Se ven los cascos de obreros, lo uniformes de trabajo, de privados de libertad —amarillos de arriba hasta abajo— el entusiasmo, las banderas tricolores de Venezuela.

A partir de ahora será Azureña, la azúcar refinada producida en Ureña, en el estado Táchira, a menos de 500 metros de Colombia y la ciudad de Cúcuta. Se trata de un sitio que hace pocos meses fue el epicentro de las noticias internacionales: allí se encuentra uno de los puentes por donde se intentó un ingreso por la fuerza a territorio venezolano el 23 de febrero. Ese día debía ser el que abriría las puertas a la caída del presidente venezolano, Nicolás Maduro.

La decisión de volver a poner el central azucarero tuvo lugar el año pasado. Se trata de un sitio emblemático para el pueblo: abierto desde 1954, el central pasó de manos estatales a privadas, luego a estatales nuevamente, hasta comenzar a apagarse y finalmente cerrar sus puertas.

“El Estado se desprendió con el proceso de privatización, lo entregó a manos privadas, eso llevó al declive de la producción; luego quiso volver a ser rescatado, pero ya tenía daños importantes y no tenía inversión suficiente”, explica Varela. La ministra es tachirense, fue parte desde los años 90 del núcleo fundador del movimiento político que condujo a la victoria electoral de Hugo Chávez en 1998 a la Presidencia del país.

La recuperación del central fue proyectada con varios objetivos: lograr impulsar la productividad nacional, incentivar el crecimiento de cañaverales, crear puestos de trabajo, y lograr una victoria en zona fronteriza.

Hacerlo en Ureña es particularmente complejo bajo el asedio económico internacional que tiene esa frontera como punto neurálgico. Acá la guerra se teje diariamente en el accionar del contrabando y el paramilitarismo.

Presos y capitalistas

La ministra insiste en la “voluntad política” como factor determinante, en contraposición a una lógica expandida: la de resolver “a punta de reales”, es decir con dinero. Cuando inició el plan de reactivar el central contaba con esa voluntad y lo que denomina como un tesoro, que es la mano de obra penitenciaria.

“Dentro de esa población hay personas calificadas, ingenieros, arquitectos, médicos, abogados, y gente que no tiene ninguna calificación, y si uno genera las condiciones materiales para formarlos, pues se consigue con el potencial de esa persona que ha sido inexplorado”, considera.

Fue así como recorrió la planta con Ricardo Gallo, un ingeniero mecánico privado de libertad. La ministra le planteó “echarle pichón”, como recuerda, es decir asumir el esfuerzo de volver a encender las máquinas y hacer funcionar el central emblema de Ureña y la región.

“Entramos, evaluamos, y estaba desmantelado, ya tres años de cese de actividades, no estaba operativo, era levantar no solo un equipo que está parado sino fundado desde 1954, que tiene un desgaste mecánico, electromecánico”, cuenta Gallo que ahora viste blue jeans, una franela del color que quiera, o sea, no debe usar el amarillo obligatorio para los privados de libertad.

La voluntad política de la ministra, la mano de obra penitenciaria de gente calificada y aprendices, antiguos obreros del central que fueron llamados. Faltaba un elemento: el capital.

Iris Varela recurrió a una alianza con un empresario privado que aportó la inversión necesaria. No es la primera vez que lo hace: el ministerio de Servicio Penitenciario ha puesto en marcha otras experiencias productivas con este encuentro entre partes.

“Nadie va a invertir si no se cree que sus recursos van a retornar y que están a buen resguardo, eso no lo hace ningún empresario en este mundo, invierten de sus propios recursos y han visto en esa dinámica crecer sus recursos”, remarca la ministra, y pone sobre la mesa el debate respecto a la relación del chavismo con los empresarios:

“No es que persigamos a la empresa privada, eso no es verdad, nosotros perseguimos a las mafias políticas que se gestan con los recursos del Estado, que quieren cartelizar la producción, generar monopolios”, agrega.

A su juicio, si hay voluntad de invertir y seguir las leyes establecidas entonces existe un espacio de colaboración conjunta y necesaria. Sobre eso ha insistido Maduro en los últimos años.

El trabajo y el contrabando

Virginio Prada tiene 61 años y comenzó a trabajar en el central en 1984. Pasó por varios puestos dentro de la industria, conoce las máquinas y alquimias del proceso de refinamiento. El central es parte de su vida, la misma que debió reorganizar cuando se detuvieron las operaciones de la planta. Entonces se fue a la casa, donde, cuenta, son un grupo familiar unido y se ayudaron colectivamente.

Gallo recomendó a Prada y se sumó, junto a otros ex trabajadores del central, a la tarea que parecía por momentos demasiado compleja. Además de las maquinarias debieron resolver problemas críticos, por ejemplo, la generación suficiente de energía eléctrica. Para eso instalaron una planta eléctrica; luego un turbogenerador con la capacidad para dar luz a toda Ureña y tener autonomía eléctrica.

El central dejó de ser un recuerdo de un tiempo mejor para convertirse en realidad. Al menos una parte: la del refinamiento del azúcar moscabado a azúcar blanco, con una capacidad de 200 toneladas diarias y el empleo de 300 trabajadores, de los cuales un tercio son privados de libertad. La otra parte, la de la molienda de la caña azúcar será el segundo gran paso, decisivo en cuanto a la capacidad de reactivar a los cañicultores de la zona.

Uno de los mayores desafíos en la frontera, un territorio donde se condensan las principales dificultades que se viven en las otras partes del país, es ofrecer fuentes de trabajo formal con un ingreso que permita vivir. Acá predomina la economía informal y el contrabando articulado al paramilitarismo: a Colombia se venden productos como gasolina, carne, queso; y se importan otros que de aquel lado son más económicos.

Los números son elevados en relación a los salarios: la reventa minorista de gasolina, es decir con un solo vehículo y cargando dos veces a la semana, puede generar un ingreso de 200 dólares mensuales. Lo que se debe hacer es llenar el tanque y revender el combustible a quien luego lo lleva del otro lado. La gasolina de contrabando es legal en Colombia, así lo dispuso el gobierno del expresidente colombiano Álvaro Uribe; es parte de la arquitectura del asedio económico que corroe a Venezuela.

“Aquí el muchacho no quiere ir mucho a la universidad, a los 17 años se mete en esta actividad de lo ilícito, y lo agarra como la única oportunidad que ve, ‘hago mi platica rapidito’, piensa”, dice Prada. El dinero llega rápido, los riesgos también: la economía informal no ofrece garantías. Prada tiene las claves del trabajador formal, aquel que creció con seguridad médica, crédito para su casa, jubilación. Ese es el anhelo, el imaginario que encarna el central.

El central debe entonces hacer frente a un conjunto de variables locales, nacionales e internacionales de asedio económico que lleva varios años y ha provocado, o agudizado, distorsiones en la economía, con la presencia de actores como el paramilitarismo, con los cuales el autoproclamado presidente venezolano, Juan Guaidó, y una parte de la derecha venezolana han hecho alianza.

Un modelo

Gallo se emociona hasta las lágrimas cuando recibe el beneficio de régimen de confianza horas antes de la reinauguración del central. Prada recorre la planta como si fuera su casa, le conoce los ruidos, temperaturas, circuitos, explica que la caña es un ser vivo, “nosotros no fabricamos azúcar, la azúcar la hace el cañaveral, la fábrica tiene que especializarse en extraer todo el contenido de azúcar que la mata de caña fabricó y ser eficiente para tener índices rentables”.

Varela celebra haber logrado poner en pie una trinchera económica, política y subjetiva en un lugar crítico del país. La noche de la inauguración lanzan fuegos artificiales para que los vea toda Ureña y la población de Cúcuta.

“Aquí no hay pueblo que se va dejar arrodillar”, dice la ministra. Insiste en los resultados que puede generar la alianza de voluntad política del Estado, privados de libertad, trabajadores formales y capital privado. Resultados concretos es lo que necesita la economía, el Gobierno, el chavismo: articular, como en este sitio, victorias políticas, como la del 23 de febrero pasado, con logros económicos.

Marco Teruggi

Publicado en Sputniknews.com

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