Sin privados ni Estado: la autogestión en la revolución

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Nunca faltará quien diga que diga que Venezuela es una caricatura de revolución. Generalmente con una gran dosis de soberbia y sobre todo de desconocimiento. Según esas voces -presentes también en suelo bolivariano y sin peso político- nunca se inició una transición al socialismo, sino que lo que tuvo lugar fue un proceso nacionalista, con exabruptos discursivos de un liderazgo desconcertante que cantaba canciones como “La gata bajo la lluvia” en cadena nacional. Proceso insuficiente en su origen, desbaratado por Nicolás Maduro. La realidad actual de desabastecimiento, colas y otros etc., solo sería la confirmación de lo que siempre se dijo.

Imaginemos ahora que la realidad es como una cebolla: tiene diferentes capas, accesibles según el empeño y las posibilidades puestas en conocerlas -la imagen original viene de Vicente Zito Lema en relación a los textos. Existe en el caso de Venezuela una dimensión muy conocida, que es la de Hugo Chávez, la geopolítica, los discursos como el del diablo en la Organización de Naciones Unidas etc. Luego se encuentra un segundo nivel, ya menos conocido, ocultado sistemáticamente por los grandes medios de comunicación, relacionado con las políticas sociales de estos 18 años, como las Misiones Sociales, las viviendas, etc. Y por fin se encuentra un tercer nivel, este ya casi totalmente desconocido, que es en realidad el medular para comprender la profundidad del proceso: el camino de restitución de poderes en manos de la gente. Sin este no podríamos hablar de transición al socialismo.

Somos varios quienes nos hemos detenido en ese último punto, buscando conocer, retratar, narrar, y ser parte de esa trama subterránea. Ahí está la sustancia, la potencia que explica la capacidad de enfrentar un escenario de guerra no convencional al que pocas sociedades podrían resistir. Han caotizado de manera planificada el cotidiano, y acá estamos: vivos y dándole dolores de cabeza al imperialismo y las derechas continentales. No se lo puede analizar sin dimensionar la densidad de las aguas de abajo.

Algunos dirán que ese proceso organizativo, de democracia radical, solo fue posible por el precio elevado del barril de petróleo que permitía un chorro de recursos para la gente. Con precio bajo todo debería haberse esfumado. No pasó. Y no solamente ese pronóstico despectivo resultó errado, sino que en los últimos tiempos ha venido surgiendo un proceso que ya es una tendencia marcada: las experiencias de autogestión. Con particularidades propias de la revolución, que le brindan una perspectiva poderosa. No se trata de la espontánea autogestión ante la crisis, sino de una puesta en acción de la palabra del mismo Hugo Chávez, de la estrategia que dejó gritada.

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Es cierto que al interior de la revolución han convivido siempre dos lógicas: una de tipo clientelar y otra comunera -digamos a manera de tipos ideales. La primera se caracteriza por la mirada vertical, la mediación permanente de recursos, lógicas de tutelajes y dependencia: se da de manera tal a no generar organización. Es la forma de dominio de la burocracia política, la mirada estatal del proceso. La segunda se caracteriza por fortalecer la organización popular con niveles necesarios de autonomía, con manejo de los recursos para profundizar la democracia participativa y la autogestión -Chávez planteó por ejemplo que las comunas no debían subordinarse al Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv).

En estos tiempos tan complejos -donde los recursos son menos y el Estado satura de ineficiencias que se agudizan por esa misma razón- la forma clientelar fue perdiendo capacidad de fuego y, de a poco, comenzaron a expandirse las formas comunales. El proceso se ha venido dando en particular en uno de los frentes más urgentes de la guerra: el abastecimiento de comida a precio justo. Se impulsan de manera creciente experiencias de autogestión, sin intermediarios privados ni presencia del Estado. Directamente de comunas campesinas a comunas o consejos comunales urbanos, de pueblo organizado a pueblo organizado.

Existe ahí un avance estratégico: la conformación de la telaraña organizativa llamada a dar forma a la nueva institucionalidad. Que la burocracia nunca quiso ni querrá -es una conclusión ya procesada por muchos-, que solo puede darse en la medida en que las bases chavistas aceleren los procesos, disputen poder, economía, dejen de esperar respuestas estatales, pasen a la nueva etapa histórica de la revolución. Autogestión, sí, el viejo sueño, el que había retomado Chávez.

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No hay acá un optimismo a prueba de balas. El diagnóstico actual indica que las bases no tienen todavía la capacidad de revertir el escenario, ni la tendrán en un escenario breve. Porque crecieron dispersas, locales y sectoriales, dependientes del Estado, subordinadas políticamente -una subordinación que no se veía problemática cuando la revolución avanzaba indetenible. Se trata de un límite serio. Una de las mayores lecciones de la revolución, es que, sin un poder popular vertebrado por organizaciones populares nacionales, con trabajo de masa en los diferentes sectores del pueblo, y disputa de poder político, el proceso depende de un solo liderazgo, una dirección que mira solo desde el Estado. La revolución necesita ser revolucionada desde el interior y eso no lo puede hacer el partido de Gobierno -en el caso de Venezuela al menos.

Falta tiempo. Pronto comenzarán los escenarios electorales, uno arriba del otro hasta las presidenciales del 2018. Se dará la batalla ahí, con todo lo que se pueda. Esas coyunturas, se sabe por experiencia, queman los cotidianos con urgencias. Cómo no perder de vista -en ese contexto por venir- lo profundo, la reconfiguración de las aguas de abajo, que a paso silencioso viene armando mercados comunales, intercambios directos, haciendo sin pedir, sin barullo, acumulando poder. Desde ahí puede emerger la respuesta estratégica, la continuidad de la transición al socialismo. No como una instancia aislada, por fuera de relaciones con el Estado, el Gobierno, el Psuv -eso sería desconocer la riqueza teórica/política de la misma revolución- sino como una pieza que dentro del ajedrez del chavismo puede dar el aire necesario. Si no es desde ahí, ¿dónde entonces?

Chávez creía en los poderes creadores del pueblo -al decir del poeta Aquiles Nazoa. La burocracia nunca creyó en ellos, siempre les temió. ¿El pueblo cree en sus propios poderes? Por lo que se ve en las experiencias que se han venido multiplicando este año, la respuesta es sí. Que eso crezca y se multiplique es una de las esperanzas para continuar por el tránsito hacia una sociedad que logre desprenderse de partes de su capitalismo.

@Marco_Teruggi

Foto: Vicent Chanza

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